Fragmentos de la noche de Blanchot

Una mirada de Cinzano

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“¿Por qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho.
Alguien tiene que estar ahí”KAFKA
“Un autor debe arreglárselas para hacerle creer a la posteridad
que no ha existido jamás”
FLAUBERT

1. Durante la Guerra, un escritor es capturado por una pequeña unidad del ejército enemigo que, hace unos meses, tiene ocupada su ciudad. Es puesto inmediatamente en prisión, incomunicado, y luego llevado frente a un pelotón de fusilamiento. Justo en el momento en el que se está a punto de dar la orden para dispararle, estalla una bomba a pocos metros de distancia. El escritor, los ojos vendados y las manos amarradas, deja de oír cualquier atisbo de exterioridad, y acto seguido, un poco aterrorizado al no saber en qué consiste su estado actual, se pregunta si está realmente vivo o si más bien ese silencio es el silencio propio de la muerte. Pasa un par de horas en la misma posición, pegado a un muro del cual sólo intuye su débil materialidad, cuando decide desamarrarse y sacarse la venda de los ojos. Es de noche y él está vivo, al parecer. Y está solo. O tal vez: “Está muerto mientras vive y es el único sobreviviente”. No lo sabe, no sabe nada, y sospecha que tal vez nunca lo sabrá, pero decide salir corriendo y huir de esa escena extraña. Pero esa escena extraña, en la que él mismo se extraña, lo persigue durante muchos años, incluso mucho después de terminada la Guerra, tiempo en el que el escritor, siempre desde una posición oculta y se diría que al borde de la desaparición, publica textos ensayísticos y propiamente literarios, en los cuales el tema de la muerte conserva, sino un lugar central (porque uno de sus temas es precisamente la ausencia de todo centro y hasta la ausencia de toda obra), sí muy importante. Pero es un escritor oculto; nadie sabe a ciencia cierta desde donde escribe sus textos ni cómo es su figura, y ni siquiera nadie sabe nada de su vida, pues sus libros vienen sin fotos en las solapas y omiten cualquier dato relativo a su biografía, como la fecha de su nacimiento y su trayectoria literaria. Sólo su nombre misterioso adosado a títulos misteriosos: Maurice Blanchot, El instante de mi muerte. Maurice Blanchot, La sentencia de muerte. Maurice Blanchot, Thomas el oscuro. Maurice Blanchot, El diálogo inconcluso. Maurice Blanchot, El libro que vendrá. Maurice Blanchot, Falsos pasos. Maurice Blanchot, El espacio literario. Maurice Blanchot, El paso (no) más allá. Maurice Blanchot, La escritura del desastre. Y nada más. Ciertos lectores, fascinados y de algún modo encandilados por la luz negra proyectada por esa personalidad velada, sospechan que se trata solamente de un nombre, una nomenclatura de papel concertada entre varios otros escritores más conocidos y que publican con cierta periodicidad libros en donde sí se nombran sus biografías y trayectorias, por lo demás muy prestigiosas, pero que a cada cierto intervalo de tiempo se darían un espacio para escribir un libro extraño, nunca muy delimitado, nunca del todo filosófico y tampoco del todo literario, novelas fingiendo ser ensayos y ensayos travistiéndose en ficción, pero siempre bajo el nombre grisáceo de Maurice Blanchot: Michel Foucault, Georges Bataille, Robert Walser, Samuel Beckett, Gilles Deleuze, Roland Barthes, Emmanuel Lévinas. Por su parte, otros, sin duda sus más alucinados lectores, piensan que, si bien estos reconocidos autores habrían adoptado el nombre incierto de Blanchot, en un primer momento se trató de una transfiguración llevada a cabo por el mismísimo Franz Kafka, cuya tuberculosis no lo habría fulminado en 1924, sino en 1946, después de la Guerra.

2. “El desastre lo arruina todo, dejando todo como estaba. No alcanza a tal o cual, «yo» no estoy bajo su amenaza. En la medida en que preservado, dejado de lado, me amenaza el desastre, amenaza en mí lo que está fuera de mí, alguien que no soy yo me vuelve pasivamente otro. No hay alcance por el desastre. Fuera de alcance está aquél a quien amenaza, no cabría decir si de cerca o de lejos, en cierto modo el infinito de la amenaza ha roto todos los límites. Estamos al borde del desastre sin poder ubicarlo en el porvenir: más bien es siempre pasado y, no obstante, estamos al borde o bajo la amenaza, formulaciones éstas que implicarían el porvenir si el desastre no fuese lo que no viene, lo que detuvo cualquier venida. Pensar el desastre (suponiendo que sea posible, y no lo es en la medida en que presentimos que el desastre es el pensamiento), es ya no tener más porvenir para pensarlo.” (La escritura del desastre)

3. Otros lectores sostienen que la escritura de Maurice Blanchot sí posee un centro cuyos contornos, demasiado difusos, sin embargo no pueden ser delimitados con exactitud. Ese centro sería tal vez El instante de mi muerte, un texto breve en donde se nos cuenta la historia de un hombre colocado frente a un pelotón de fusilamiento que nunca termina por morir del todo, o cuya muerte quedó atrapada en una noche extranjera y sin un tiempo de delimitación, convirtiéndose de ese modo en lo que nunca viene y en lo que detiene cualquier venida, algo que el propio Blanchot — o la transfiguración del nombre Blanchot — mucho tiempo después denominó como el desastre. Esa noche, esa presencia invasora e inevitable de todas las noches, lugar donde, según Lévinas, “las formas de las cosas se han disuelto” y en donde sabemos que hay algo, sin embargo, anónimo e impersonal, esa noche sería pues el centro sin centro no ya de la obra de Blanchot, sino más bien de la experiencia de un cadáver boca arriba, tendido en la oscuridad y, por tanto, expuesto a la noche y sumergido en la escritura, desamarrado, no obstante, a esa estrella invisible, despojado ya del instante de su muerte (1). O como Blanchot: “desprendido de todo, hasta de su desprendimiento”.

4. Pero hay quienes rechazan todo centro en la experiencia de ese cadáver, por muy difuso que ese centro sea. Más bien señalan una pura exterioridad en la noche de la escritura de Blanchot, y esto es posible de respaldar gracias a su propio esfuerzo (casi una aporía) por desaparecer mientras se transforma, pasivamente, en realidad. Es la experiencia del afuera, una ex–posición siempre refutada y que, sin embargo, pareciera no tener ninguna “interioridad” a la cual remitir, “ausente de su existencia — escribe Foucault — y ausente por la fuerza maravillosa de su existencia”. Y continúa: “Corredores que desembocan en nuevos corredores donde, por la noche, resuenan, más allá del sueño, las voces apagadas de los que hablan, la tos de los enfermos, el estertor de los moribundos, el aliento entrecortado de aquel que no acaba nunca de morir… la presencia del afuera, y, ligado a esa presencia, el hecho de que uno está irremediablemente fuera del afuera.” (Michel Foucault, El pensamiento del afuera). Aún así, en La escritura del desastre se nos dice: “pero lo exterior siempre nos ha tocado ya la cabeza, siendo lo que se precipita”. ¿Es una especie de sueño la desaparición de Blanchot, un afuera del afuera que, pese a todo, nos ha tocado ya la cabeza?, se preguntan algunos, dejando atrás la polémica por su existencia, pero sin poder desprenderse completamente de ella. Y otros dan una respuesta paradójica: es la desaparición de algo que nunca estuvo, de un hay que nunca dijo aquí estoy, en definitiva, el “desastre”.

5. “Tan sólo permanece el sentimiento de ligereza que es la muerte misma o, para decirlo con más precisión, el instante de mi muerte desde entonces siempre pendiente”. (El instante de mi muerte)

6. ¿No será acaso el nombre de Blanchot una clave concertada por Lévinas y por Foucault para dialogar sin tapujos sobre la muerte pendiente que se les aproxima, o es más bien un rostro sin rostro que, una vez muerto, les sigue escribiendo como a través de un murmullo infinito, parecido al de Orfeo? La muerte del propio Orfeo, nos dice Blanchot, no es la muerte del reposo tranquilo, sino la muerte que es la prueba de lo que retorna: muerte sin fin, “prueba de la ausencia del fin” (2) — otra vez, muerte de la imposibilidad de morir. Pues bien, admitiendo la posibilidad, ¿fueron Lévinas y Foucault propiamente tan impacientes en la noche, a la espera de la muerte que nunca llega, como para conferirle un habla a un escritor tal vez demasiado paciente? “Pero la verdadera paciencia — dice Blanchot — no excluye la impaciencia, es su intimidad, es la impaciencia que se sufre y se soporta sin fin.” De modo que esta impaciencia da comienzo a lo que será, para otros lectores, su más alta paciencia, la impaciencia de vivir (y de escribir) como un “infinitamente muerto”.

7. Pero he aquí que muere Foucault y muere Lévinas. Muere también Roland Barthes (atropellado, “como un niño”, dijo Todorov), y cuando muere Roland Barthes muere un escritor que había planteado, no hacía mucho, “la muerte del autor”. Muere Deleuze, arrojándose desde una ventana, no sin antes escribir, un poco misteriosamente y con su tremendo sentido del humor que “como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos. Hemos distribuido hábiles seudónimos para que nadie sea reconocible.” (Rizoma). Tiempo atrás había muerto Samuel Beckett y alguien había escrito, a propósito de Beckett, que sus personajes eran “como Blanchot”: nadie sabe de dónde vienen ni hacia dónde van. ¿Pero Blanchot. muere? (¿Y qué importa? Mas, ¿por qué no preguntárselo?) Nadie puede asegurar nada, pues lo cierto es que siguen apareciendo nuevos libros que llevan en sus portadas el inquietante y a estas alturas casi morboso nombre de Maurice Blanchot. (¿Dónde aparece un escritor?, se preguntan algunos, “en la escritura”, se responden… y sin embargo, pareciera ser que es justamente ahí donde no está. )

8. “¿Cómo haremos para desaparecer?” (El diálogo inconcluso)

9. Puede decirse, cuando menos, que ese nombre oculto por su propia desnudez, pero diseminado en parrafadas sin contención y que van en todo momento avanzando a empujadas por el deseo de no avanzar (sumergiéndose en el mar, un poco ausente y lejos de todo, como Thomas), está en una constante velación del afuera de la noche y, en ese afuera, nunca se duerme, nunca se apaga por completo. Está insomne: “En el insomnio — dice Lévinas —, se puede y no se puede decir que hay un «yo» que no llega a dormirse. La imposibilidad de salir de la vigilia es algo «objetivo», independiente de mi iniciativa. Esa impersonalidad absorbe mi conciencia; la conciencia está despersonalizada. Yo no velo: «eso» vela.” Y tal insomnio es ruidoso inclusive ahí cuando pareciera callar, silenciarse al fin: pues “callar” no es más que hablar de otra manera. “El silencio — escribe Blanchot — es imposible. Por eso lo deseamos”. Es así como la noche nunca puede ser ella sola completamente noche: de alguna parte proviene la luz, de alguna forma siempre se presenta para ausentar la noche: para ausentar la ausencia. ¿Qué queda entonces? El mismo Blanchot no parece dar una respuesta conveniente, pues el desastre está velando antes que nada y antes, incluso, de pensar en esa nada. ¿El desastre es Dios? No en la medida en que el desastre, inseguro, se hace muchas preguntas, se pone siempre en duda (4). “¿Cómo haremos para desaparecer?” Puede que la respuesta (que es, después de todo, ella misma una responsabilidad de la pregunta), haya brillado ya, quizás con premeditada antelación, en la opaca escritura de Franz Kafka: “¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche.” (F. Kafka, De Noche) Y pese a todo, al parecer esto no (nos) basta, así como no (nos) basta la escritura en la noche, ni su sueño, ni su reflexión (“el sueño de la noche no nos pertenece”, escribió Bachelard), ni la batalla, en cualquier noche infinita, contra un Dios cuya muerte lo hace, al fin y al cabo, “más terrible, más invulnerable, en una lucha donde ya no hay posibilidad de vencerlo” (5). ¿Bastará entonces con deponer la soberanía del «yo», como plantea Lévinas, no ya bajo la figura de un dios cualquiera — de un autor cualquiera —, sino frente a la autoridad altísima del rostro del otro, dando así cabida a una “relación social con el otro, la relación des-inter-esada”? Sin embargo, en esta escena de la noche, en la que alguien (Lévinas) se deja caer en una silla, exhausto, mientras mira, infinitamente paciente, al otro, la presencia cadavérica de alguien (alguien llamado Blanchot) le murmura al oído: “El Otro — dices — es estorboso, pero ¿acaso esto no será de nuevo la perspectiva sartreana: la náusea que nos produce, no la falta de ser, sino la demasía de ser, un sobrante del que quisiera desinvestirme, empero del que no pudiera desinteresarme, porque, hasta en el desinterés, la otredad sigue siendo la que me condena a hacer sus veces, a no ser más que su lugarteniente?” (La escritura del desastre) Y ante estas palabras, Lévinas asiente. Luego estira sus piernas. Luego sonríe: ¿“Hacer las veces”? “En realidad, el hecho de ser es lo más privado que hay; la existencia es lo único que no puedo comunicar; yo puedo contarla, pero no puedo dar parte de mi existencia. La soledad, pues, aparece aquí como el aislamiento que marca el acontecimiento mismo del ser.” (Ética e infinito)

10. “Al Otro no puedo acogerlo, ni siquiera por una aceptación infinita. Tal es el rasgo nuevo y difícil de la intriga. El Otro, como el prójimo, es la relación que no puedo sostener y cuya proximidad es la muerte misma.” (La escritura del desastre).

11. Alguien tiene que velar, se ha dicho. ¿Quién lo ha dicho? ¿Dios? ¿El Infinito? ¿El desastre? Todo indica que ha sido la literatura, cuyo devenir no tiene necesariamente en consideración a quienes la escriben o la desescriben, en libros monumentales o en fragmentos de noche, escritos durante la noche: “Escribir no importa”, escribe Blanchot, alegremente, como soportando y deseando de una vez lo sin fin, cumplimiento que no llega y se difiere en el fin: “Intenta de una vez cerrarte, aunque fuese por un instante, para que yo sepa dónde empiezas, dónde terminas, ¡oh, círculo indiferente!” (El diálogo inconcluso). Y el círculo, divertido, le responde con una célebre frase literaria: “Preferiría no hacerlo”.

12. ¿Cómo termina la historia del nombre de Blanchot? Termina con la muerte de Blanchot, en febrero del año 2003, en un pequeño pueblo francés. Termina con investigadores de su biografía, termina con la aparición de sus libros póstumos traducidos a diferentes idiomas, y probablemente termina con la edición de sus “Obras Completas” inscritas en el catálogo de Gallimard (y sin embargo su amigo Lévinas había dicho: “salvar al texto de su desgracia de libro”.) Termina, pues, con la materialización del nombre de Maurice Blanchot, con su fotografía, con la desaparición de la desaparición, con la fijeza de un escritor en la Doxa (y no ya en la paradoxa) del estereotipo del “autor”. Y termina, también, con alguien leyendo y reescribiendo sus textos en el insomnio de una desastrosa oscuridad, instalada, ahora, en medio de la luminosidad del día y por entre los recovecos de unas páginas en las que alguien (pero, ¿quién?) relata la historia ficticia de un escritor ficticio que luego de ser llevado frente a un pelotón de fusilamiento, atraviesa la noche y se pierde en un libro. La historia del nombre de Blanchot termina, después de todo, con la experiencia literaria. Esto es, no termina nunca.

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NOTAS:

(1) Lévinas: “En Blanchot, ya no es el ser, ya no es “algo”, y es siempre preciso desdecir lo que se dice —es un acontecimiento que no es ni ser ni nada. En su último libro, Blanchot lo llama “desastre”, lo que no significa ni muerte ni infortunio, sino algo así como si el ser se hubiera desatado de su fijeza de ser, de su referencia a una estrella, de toda existencia cosmológica, un des-astro”. (Ética e infinito, p. 47)
(2) Vid. Maurice Blanchot, “La mirada de Orfeo”, en: El espacio literario.
(3) Ya Rousseau, en las Confesiones, había escrito: “La resolución de escribir y ocultarme es precisamente la que me convenía. Estando yo presente, nunca se hubiera sabido lo que valía.” Y a este propósito señala Derrida: “El acto de escribir resultaría esencialmente —y aquí de manera ejemplar— el mayor sacrificio que apunta a la mayor reapropiación simbólica de la presencia. Desde este punto de vista, Rousseau sabía que la muerte no es el simple afuera de la vida. La muerte por la escritura también inaugura la vida. ‘No comencé a vivir sino cuando me consideraba un hombre muerto’ (Confesiones)”. (Jacques Derrida, De la gramatología).
(4) Blanchot: “Un ser como Dios (por ejemplo) no podría ponerse en duda, no preguntaría; la palabra de Dios necesita del hombre para convertirse en problema del hombre. Cuando Jehová pregunta a Adán después de la falta: “¿Dónde estás?”, esta pregunta significa que desde ese momento el hombre sólo puede encontrarse o situarse en el lugar de la pregunta. Entonces el hombre es pregunta para Dios mismo, que no pregunta.” (El diálogo inconcluso.) “Toda pregunta metafísica —escribe Heidegger— sólo puede ser preguntada de tal modo que aquel que la pregunta –en cuanto tal– está también incluido en la pregunta, es decir, está también cuestionado en ella” (¿Qué es metafísica?) Esta afirmación de Heidegger no solamente se circunscribe al ámbito de la metafísica, ni mucho menos pertenece exclusivamente a la filosofía. Es un punto de partida para preguntar una vez más. Preguntar por la pregunta y por sus implicancias. Y preguntar, también, por un otro que nos pregunta y que así, preguntando, no puede más que preguntarse él mismo antes del advenimiento de la respuesta. Dicho de otra manera: preguntar siempre es preguntarse.
(5) “La trascendencia es precisamente esa afirmación que sólo puede afirmarse mediante la negación. Por el hecho de ser negada, existe; por el hecho de no serlo, está presente. El Dios muerto encontró en esa obra una especie de desquite impresionante. Pues su muerte no lo priva ni de su poder, ni de su autoridad infinita, ni tampoco de su infalibilidad: muerto, sólo es más terrible, más invulnerable, en una lucha donde ya no hay posibilidad de vencerlo… Dios ha muerto puede significar esta verdad aun más dura: la muerte no es posible.” Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka.

Martín Cinzano.


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