“En Dictadura presenciamos escenas de oportunismo ingratas”

Sobremesa con Llanos Melussa

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Eduardo Llanos Melussa es psicólogo, docente y poeta. Parece un verdadero animal literario a la hora de hacer cualquier análisis. Según sus alumnos, es el más capaz y a la vez el más exigente de sus profesores, el verdadero colador de la carrera. No por nada fue premiado el 2003 como el mejor académico de la Universidad Diego Portales. Ha publicado dos libros de poesía, Contradiccionario (1983), obra elogiada por Rojas y Lihn e impresa en papel de envolver, y Antología Presunta (2003), por la que obtuvo el premio Altazor y que reúne textos de unos siete poemarios que habían sido premiados en importantes concursos.

Llego a su oficina y me saluda cordialmente, me invita a sentar pidiéndome que lo espere un rato, pues si salimos se le ira la idea que está escribiendo. Hay libros regados por el suelo, en su mesa descansan hojas sueltas y tazas plásticas, el cuarto parece el de un obseso y caótico lector.
Ya en la mesa, entre el bochinche de ollas y platos del casino, hablamos sobre todo de poesía chilena, y lentamente el diálogo se torna ágil e interesante, en la misma medida que comenzamos a engullir los platos. Antes de que empezáramos a comer el postre, enciendo la grabadora.

Una de las particularidades de tu obra es la experimentación de diversas estructuras poéticas. Has realizado poesía concreta, poesía visual, calígramas, sonetos, haikus y algunos “poemas” inclasificables.
¿A qué se debe esa búsqueda, en qué estado está tu escritura?

Yo siempre digo algo que pudiera reiterar aquí, espero que no suene grandilocuente. Lo que hice en dictadura lo estoy profundizando hoy casi con el mismo argumento. Frente a una democracia que parecía irrecuperable, lo que intenté hacer era ejercitar y ejercer mis derechos democráticos al escribir. No en el plano del contenido, no haciendo ningún llamado ni pronunciando algún eslogan. Si no procurando practicar la libertad y asumiendo que yo en mi interior albergaba muchos yoes, pues creo que cada uno de nosotros alberga un montón de yoes e incluso algunos pueden hasta contraponerse y contradecirse, pero el deber del poeta no es reprimir a esos yoes, si no operar como lo haría un ecólogo, cuidando y cultivando la biodiversidad interior. Entonces en mi caso esa diversidad de textos responde a esa preocupación ecopsicológica, ecosistemita…

Sabes que no puedes abandonarte a esos juegos pirotécnicos…” Dice un verso tuyo de tu libro Prohibido Estacionar, que desde mi perspectiva es el mejor libro y el más personal de toda tu obra publicada, hay entonces algo de culpabilidad en esos juegos, en la búsqueda de esas formas.

Claro porque hay momentos en que algunos yoes practican el experimentalismo de alguna manera excesivamente juguetona, como si la historia no fuera un río que nos arrasa a todos, como si uno al experimentar leyendo algunos versitos en la orilla de ese río, pudiera mantenerse incólume ante ese río que nos está arrasando a todos… Me alegra que te haya gustado ese libro, puesto que muchos me han dicho que cometí un error al incluirlo en la antología, pues merecía ser publicado en solitario. Cuando lo escribí, pensé en retratar el desconcierto y decepción de todos aquellos que habíamos esperado la democracia con una cierta esperanza que ahora puede parecer boba, pero que tenía algo de hermoso, porque la esperanza siempre será hermosa. Sobre todo si uno ha estado padeciendo 17 años de una dictadura sanguinaria y la situación de tu espacio personal tampoco es de lo más noble. Porque hay que decirlo, en dictadura éramos un poco más leales pero aún así presenciábamos escenas de oportunismo literario que eran demasiado ingratas, por lo menos para una persona como yo que estaba atento a esas señales. Todo eso generaba una especie de desgarro existencial porque finalmente a uno se le va la vida en la poesía, y que para otros sea meramente un negocio, siendo que uno los haya considerado colegas o amigos, es algo bastante sufrible.

Borges dice que publicamos solo para no seguir corrigiendo los borradores. ¿Cómo has podido tú sobrevellar un silencio tan sostenido, teniendo en cuenta que entre Contradiccionario y Antología Presunta, terminaste más de siete libros que fueron premiados en importantísimos concursos?

Porque a mi de verdad la publicación me resultó siempre enojosa, Contradiccionario fue premiada el año ‘78 en un concurso donde uno de los jueces era Teiller. Al año siguiente obtuve el municipal. En la versión final hay poemas nuevos, pero en un 70 por ciento está contenido en ese borrador que obtuvo los premios. Yo bien hubiese podido publicar a los veintidós y no a los veintisiete, pero no era para mí en absoluto tentador, era incómodo, era incomodísimo. A veces cuando los profesores o mi amigo Jaime (Collyer) (porque varias veces ganamos juntos, él en narrativa y yo en poesía) se enteraban de que yo había ganado un concurso, prefería decir que era un alcance de nombres y me corría, no me gustaba reconocer mi condición pública de poeta. Incluso aquí mismo en la UDP, debido a la notoriedad que alcanzó mi nombre al ganar el premio Altazor, el noventa por ciento de mis colegas y alumnos supieron mi condición de poeta y eso para mí fue incómodo, de hecho por vergüenza no vine a trabajar al otro día. Por otra parte, para mí a diferencia de lo que dice Borges, el mantener inéditos los textos no obliga a estarlos corrigiendo, yo no los retengo porque quiera corregirlos, muy pocas veces al releerlos descubro que debo cambiarlos, de hecho muchos de mis sonetos que son alabados, están hechos así de una sola vez en una noche. Soy muy metódico con mi prosa, corrijo hasta el cansancio mis textos teóricos, pero no la poesía.


Volviendo a Prohibido Estacionar, allí afirmas la intrascendencia del poeta, dices que de ti sólo quedarán manuscritos inéditos y cassettes grabados, te preguntas: “¿A quién se le ocurre persistir / en este camino sin retorno / de hacer poesía sobre poesía? / a ti, vendedor de olas en alta mar…” Pero luego le pides a la misma poesía que te rescate del laberinto de la memoria, y en uno de tus haikus hablas de la genuina trascendencia que tiene el poeta. ¿Crees entonces en que de alguna manera tu obra trascenderá?

Sí, creo, entre otras cosas porque yo mismo creo ser un agente en esa línea con otros poetas antiguos, olvidados, a los cuales estoy siempre recreando en mi espacio privado de lectura. Es más menos a eso lo que me refiero, yo nunca he fantaseado con una premiación póstuma que me convierta en el poeta nacional o en un icono, en un tótem de ningún país, simplemente confieso que las palabras que brotan de un espíritu conmovido por hechos interiores o exteriores, en algún minuto resonarán en otros seres de otros tiempos, porque la historia es muy cíclica…

¿Sientes a la poesía como una relación personal, un tartamudear un adiós como dices en tus versos, una joroba que pesa como dice Millán, una vergüenza…?

Sí, completamente. Vivimos en un ambiente muy apoético. Yo no inflo el pecho al decir soy poeta, no me enorgullezco de esa condición, además no me la atribuyo, porque como en muchos otros casos yo soy poeta en escasos momentos de la vida, no en toda la vida. Quizá se podría ser poeta siempre si uno buscará el ascetismo.

¿Te consideras entonces un apocalíptico genuino?

Según la definición de Eco, definitivamente más apocalíptico que integrado.

¿Quizá uno de los más apocalípticos de tu generación?

Puede ser, yo creo que Roberto Bolaño tampoco era un integrado sino un apocalíptico, por lo menos en cierto sentido. Hay varios que son refractarios al sistema.

¿Y que te parece que él, apremiado por el dinero que requería la crianza de su hijo Lautaro, haya terminado publicando anualmente en una editorial como Anagrama?

El caso de él es de un poeta que a la fuerza se hizo narrador, algo similar a lo que le ocurrió a Lihn, pues él insistió mucho en la narrativa y en el teatro, eso se debe a que en él estaba la intención de llevarle publico a su poesía, (eso lo dijo expresamente en una entrevista) pero en Chile no había publico no para su poesía ni para su teatro, y podríamos decir que aunque se habla mucho de él no se lee mucho en Chile. Pero volviendo a Bolaño, un tipo que acumula esa cantidad de inéditos, que vive para eso, y que está presintiendo su muerte, (porque un poeta presiente) no puede ser juzgado como un tipo que terminó por venderse al mercado. Es interesante que uno termine exigiéndole a los poetas y a los artistas una especie de heroísmo, una especie de integridad propia que escinde de los grandes personajes épicos que pueblan el inventario mitológico, transformándolos en mártires, quizá olvidando a los verdaderos mártires que ya no se encuentran… Hay una necesidad de encontrar en ellos figuras más jugadas, más autenticas y más fuertes, de las que uno encuentra en el cotidiano. Yo creo que es una religiosidad invertida o camuflada, o un vestigio de ese sentimiento religioso, y lo digo sin burla porque yo soy Cristiano. Yo creo que late en cada uno de nosotros, la sensación de que éste mundo está incompleto sin esa otra dimensión más o menos heroica, más o menos espiritual.

Otra temática fundamental de tu poesía es una fuerte preocupación social. ¿Qué te parece la realidad actual del país, cuál sería un probable paisaje histórico de éste tiempo?

El ambiente es muy preocupante. En Chile se dan unos agravantes terribles, somos el segundo país con mayor nivel de ansiedad paranoidia, y el primero en ese estudio era Irak que estaba en guerra. Sólo un 2 por ciento de la población comprende lo que lee, sin embargo un 8 por ciento pasa por la universidad, o sea de cuatro sólo uno aprende algo trascendente en la Universidad… Se pasa por la universidad pero ella no pasa por uno… El diez por ciento de los chilenos más educados está por debajo de la media mundial. Somos el sexto lugar, de abajo hacia arriba, en materia de mal distribución del ingreso. Un joven Bonairese maneja un vocabulario activo de 2.500 palabras, uno chileno de seiscientas. Es evidente que estamos en una crisis cultural y espiritual, no es posible que mantengamos la actitud de esconder la cabeza como el avestruz frente a una oleada de malestar con respecto a la educación. No puedo creer que aún no se tenga claro lo qué hay que hacer, yo lo tengo muy claro… Primero se debe fomentar la compresión lectora, no la lectura, enseñar a los jóvenes que aprendan a leer bien. Estamos firmando toda clase de pactos y tratados en inglés y ni siquiera hay comprensión en castellano, se deja siempre la mejor parte a los extranjeros y nosotros no lo entendemos. En el año 2003 la cámara alta aprobó una ley que tenía un vacío inmenso, grosero, y sólo un Senador se dio cuenta, o sea, solo uno leyó o comprendió la ley, y lo terrible es que en su momento fue muy criticado por sus pares.


¿Te aborrece éste país…?

No podría decir eso porque en verdad quiero a éste país, pero en verdad me duele lo que sucede.


¿Qué crees que puede hacer la poesía ante éste empobrecido ambiente social y cultural?

Debe apuntar a un punto cardinal distinto… Al cielo, arriba, la única manera de avanzar a todos los puntos es elevarse, sin levitar enajenadamente, sino acudir a ciertas alturas donde se pueda observar el panorama con más calma y menos autoengaño, a eso apunto, no a un escepticismo místico (que en lo personal no me molesta) pero que es impracticable.

¿Por último, cinco autores o libros tuyos de cabecera?

La Divina Comedia del Dante, que es gigantón; Las elegías del Rino, de Rilke; Toda la obra poética de Fracois Villón, de Catulo, y Pessoa.

Entrevista de Guido Arroyo González.

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