Retrato sicodélico del Divino Anticristo
Por Alina Reyes

este espectáculo alucinante y ridículo
expresa el espíritu subterráneo y trasgresor”
(fragmento de un texto del Divino Anticristo)
Un hombre recorre diariamente las mismas calles céntricas llevando un carro de supermercado. Se hace llamar Divino Anticristo, y José Mariíta en un trato más cercano. Viste de mujer, con falda y pañuelo en la cabeza que anuda al cuello. Sin embargo, no se parece a ninguna otra mujer real o imaginaria de esta urbe al menos. Avanza, obsesivamente, delineando día tras día la misma ruta. En una esquina hace un aro para comerse un sándwich de carne cruda. Toma jugo en caja. Es pobre, pero tiene cierta dignidad de homeless y loco. No acepta limosnas ni regalos. Sólo monedas; a cambio de alguno de los libros que escribe, mecanografía y fotocopia*.
(diciembre 2001)
arte público
Distintas razones llevaron a postergar esta crónica. Quizás la condición que puso el editor para aceptarla: leer previamente un libro, El secreto de Joe Gould. En él Joseph Mitchell relata cómo siguió los pasos de un homeless hasta concluir que el proyecto literario del que alardeaba y vivió a expensas era un mito. Cuando ya nadie se lo esperaba -el entrevistado había muerto y el libro de Mitchell era éxito de ventas en librerías- aparecieron 11 cuadernos de diario que, sin la calidad esperada ni llegar al proyecto acabado, constituían un intento en la tarea que Gould se autoimpuso: contar la historia oral de la bohemia neoyorkina en los años 40.
Nada de eso le ocurrirá al Divino Anticristo. Algunos coleccionamos las ediciones artesanales que pone a la venta en su puesto ambulante: una manta que despliega sobre la acera y en la que se observan -como en una instalación siempre distinta- objetos disímiles y sin relación aparente entre sí.
Su obra es real, más allá de la leyenda que crece tal como la fama de su autor. Sobre todo ahora que acaba de salir de la clínica psiquiátrica en la que fue internado por orden de la alcaldía y con autorización de su familia, pero contra su voluntad -como señaló en dos entrevistas desde el lugar de reclusión. Una inmobiliaria habría provocado el encierro. Su figura travestida atentaba contra la imagen cultural y algo snob que la empresa quiere dar al barrio Lastarria -cercano al cerro Santa Lucía y al río Mapocho-, en cuyas calles José Pizarro, alias Anticristo, vive, duerme y sobrevive hace más de 20 años, desde que quedó “en la miserísima”.
Fueron los ciudadanos quienes exigieron su liberación mediante una campaña cibernética y conductas tan inverosímiles como la marcha de los pañuelos, consistente en pasearse con el pañuelito en la cabeza anudado al cuello. También adoptaron su slang característico: todo terminado en isímo (moda que se ha extendido incluso a graffitis del sector).
El consiguiente revuelo mediático le fue insoportable a la alcaldía, por lo que no hallaron mejor cosa que dejar nuevamente al Anticristo en la calle. Los vecinos y la tevé le dieron la bienvenida. Ahora, vestido de hombre, sigue vendiendo cachureos y los escritos que ´Diosísimo´ le dicta. Su hermano insiste: “No es el mito urbano, sino una persona que necesita ayuda”. Algunos lo prefieren así, un delirio poético frente a la voracidad inmobiliaria de Santiago, una nota freak, un espectáculo. La ciudad, sin embargo, no le proporciona ayuda médica, vivienda, ni alimentos.
mapa de rutas
La primera vez no dejó que grabara, dijo que Diosísimo no lo autorizaba. Recordé lo que pude de la conversación y lo cité para tomarle unas fotos. Se presentó puntual, afeitado y limpio, pese a que admitió le era difícil conseguir un baño. Pidió las preguntas por escrito. Le seguí la corriente pasándole un cuestionario que más tarde olvidé.
A los días llegó a la redacción un fax a mi nombre. Una caligrafía perfecta simulaba la letra de una máquina de escribir. Eran las respuestas al cuestionario, formuladas a su vez como preguntas. Un escalofríos recorrió mi espina dorsal.
Años después lo seguí, le vi hurgar los tarros de basura, conversamos, adquirí sus textos. En la ruta encontré a un ex compañero de universidad, testigo de su transformación. Lo conoció delgado, cabellos rubios y largos, vestido en forma impecable. Un príncipe ruso que, sentado en una mesa con velas en la Feria del Libro del parque Forestal, por ahí por el 83, exhibía cartas al Papa firmadas por el Anticristo.
Años 87’-88’, la antigua Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile los vuelve a reunir. Ahí andaba siempre, en las tomas, almorzando en el casino. Algunos creían que era estudiante; él se presentaba como técnico en computación. D le dio trabajo en un pasquín universitario. El Anticristo hacía críticas de cine a cambio de la entrada para ver alguna película. Al tiempo comenzó a dormir en la calle, luego desapareció.
Los rumores se multiplicaron cuando regresó vestido de mujer. Decían que estuvo preso por ayudar a su madre en el supuesto intento de incendiar la casa. Suena contradictorio con la imagen que tienen los vecinos del barrio, quienes lo siguen reconociendo como un tipo pacífico. Lo más probable es que haya ido a parar al Hospital Psiquiátrico. Un médico afirma haberlo atendido en ese lugar “en condiciones lamentables”.
terreno privado
Por medio de aquel antiguo compañero pude entrevistar a Ricardo, el hermano de Anticristo, para una publicación underground:
Desde pequeño José se caracterizó por conductas “excéntricas”. Nadie fue capaz de darse cuenta que “se estaba yendo para otro lado”. Su inteligencia era impresionante. Estudió literatura y computación, también estuvo en los bomberos “pero lo echaron por excéntrico”. Se hizo cargo del instituto de contabilidad, patrimonio familiar que se derrumbó con el terremoto del 85’; después se quemó. Anticristo “regaló todas sus huevás, rompió todas las fotos; dejó la cagada”.
La historia familiar es “un enredo”, con peleas y tensiones. Antes del derrumbe, el año 82’, José le anunció a su hermano que era el Anticristo. Pese a esto, nunca fue al psiquiatra ni tiene diagnóstico. El tema “salía a colación en las peleas familiares”.
Luego del derrumbe, José y su padre se fueron donde el abuelo. Más tarde, el primero quedó en la calle. De la madre poco se habla, pero el hermano cree que por ese lado “viene el desorden genético”.
Para el 85’ Ricardo estaba en otro proceso, formando su propia familia, “alejado de todos los conflictos, del desastre…”. Los dos hermanos nunca más se vieron hasta hace unos años. Siempre Ricardo tuvo noticias de José. Era un tema que lo complicaba, tenía un “desorden anímico” al respecto. Que Anticristo saliera en la tele lo hizo decidirse y “asumir”. Lo fue a ver a la calle y el hermano le dijo “Ricardo”; conversaron, se rieron como cuando eran niños.
(entrevista a Ricardo Pizarro, diciembre 2001)
Un día alguien llamó a la imprenta preguntando por la revista, se quejó. “¿Cómo se les ocurre hablar de eso?, ¿no saben que es la vida de otra persona?”, recuerda Isolda Montecinos que le dijeron al teléfono. “Me insultó, fue violento”. Sin perder la calma ella explicó que la entrevista había sido realizada con consentimiento. “Le di la dirección de la librería y le dije que sí quería podía publicar una carta”.
-No, si yo lo que quiero es comprar la revista-, dijo él; hablaba muy rápido.
-¿Y cómo te llamas?
-José Pizarro, supongo que ya te habrás dado cuenta
-Hablas igual a tu padre
-¿Quieres decir que soy loco, igual que mi papá?
-No, eso lo estás diciendo tú-, recuerda que le respondió.
-Ya, voy a ir a comprar la revista. Pero seguro le vas a avisar a tus amigos que va a ir el hijo del loco. ¿Estás grabando la conversación?
“Eso es paranoia, ¿cachai?”, concluye Isolda. Esa misma noche su hermano, Marcelo Montecinos, editor del sello independiente La Calabaza del Diablo y de la desaparecida revista del mismo nombre, lo vio aparecer por la librería que regentaba en Bellavista. “Llegó y dijo quiero tal número de La calabaza. Eso fue lo chistoso, porque por primera vez iba alguien y pedía dos números de la última revista; había salido recién el día anterior y entonces ni siquiera estábamos en kioscos. Era flaco, pelo negro, unos 30 años, de corbata, sumamente elegante -relata Marcelo-; un caballero, parecía abogado”. El hecho les llamó tanto la atención que salieron a mirar a la calle. “Lo vimos irse en un automóvil con patente diplomática”, hace memoria el editor.
enero, desmentidos
En Santiago el ambiente es electoral y Divino ofrece su libro Campañísima:
“…¿Estoy pensandísimo que es mentirísima que yo traté de incendiar mi casísima? ¿Parece que no saben que yo me casé en Valparaisinsímo con una callamperísima? ¿Parece que no saben que nunca invité a su familia a mi casísima?..”
“¿Estoy pensandísimo que también es mentirísima que los cochinísimos del Clinic estuvieron conversando con mi hermanísimo? ¿Parece que no saben que mi hermanísimo estudió Biología? ¿Estoy pensando que yo antes les dijíseme que mi hermanísimo Ricardísimo es el príncipe de los rancheros de Texas?…¿Parece que no saben que es muy fácil inventar mentiras y calumnias? ¿Parece que no sabísimen que es mentira que yo mostré mis cartísimas en la feria del libro? ¿Parece que no saben que en mis cartísimas yo no hablo del Diablo? ¿Parece que no saben que le mandé cartas al arzobispo reclamando mi renta eclesiástica?…”
“…¿Estoy pensando que están diciendo que las Respuestas de Diosísimo se las meten en el culo?…¿Estoy pensando que es mentirísima que yo escribía crítica de cine para una revistita de un maricón impotente?…”
(fragmentos de Campañísima, Divino Anticristo)
febrero, se busca
Se encuentra fuera del ex café El Biógrafo, no quiere planos cercanos ni medios, sólo retratos de cuerpo entero, “no me traiciones”, insiste.
De los 20 años que lleva en la calle, 10 han sido sin carro y diez con él. “Una vez tuve 250 mil pesos”, relata, una señora se los dejó en la basura para que los encontrara. Un “democratacristiano” le había preguntado antes que haría si tuviera dinero y él dijo: “agrandar el carro”. Así que le puso ruedas más grandes -“aquí llevo cien kilos”, dice con orgullo- y juntó dos en uno. Se toma un té caliente servido en una caja tetra pak, habla en forma compulsiva, cuenta que esa vez lo habían atropellado. Que estuvo en la posta y le enyesaron las dos piernas. Tres días se los pasó tirado afuera del edificio Diego Portales -donde suele dormir- hasta que una policía lo vio y le dio comida. Que va a hacer una revista y que si no me publican la entrevista la publicará él. Que lo busquemos más tarde en “el castillo”.
La cita con Divino frente al viejo palacete abandonado en Lastarria, número 66 -al lado del cual se ha instalado la flamante inmobiliaria- termina en forma abrupta. “¿Quién se tiró un peo? -inquiere-. Ah, no, ya no puedo seguir hablando con ustedes”.
4 de mayo, augurios
Calle Lastarria, 17 hrs. “¿Por qué se acentúan las palabras esdrújulas?”, grita. Los turistas miran sin comprender.
Cuenta monedas que tintinean en sus manos. Escribo haciendo como que no lo miro. Se acerca. “Es el último -dice, alargándome uno de sus manuscritos fotocopiados- ¿Y usted es periodista de dónde? ¿Del Clinic?”. Independiente, balbuceo. “¿Pero dónde va a publicar y qué quiere saber?” La ciudad, el barrio, rodeos. “Eso ya me lo han preguntado -explica- ya le hablé todo del barrio a una periodista gringa”. Enmudecida, le entrego los 200 pesos por su texto Retrato sicodélico de mi ex esposísima, en que hace hablar en primera persona a su ex cónyuge acerca de la personalidad de Anticristo.
De un tema salta a otro. Que sana a distancia con telekinesis, que es el único psiquiatra que cura la misoginia. Que cuando se incendiaba el edificio Diego Portales -en marzo pasado- se fue a dormir a la Panamericana y perdió gran parte de sus pertenencias, un carro con ropa limpia y hasta un “no-te-buk” que le regalaron, pero salvó sus escritos. Ni las encías desdentadas ni el cuerpo tiznado ni su olor logran intimidarme. ¿No lo miran raro por andar vestido de mujer? “Sí -responde- me tienen envidia porque escribo mejor”
-soy el mejor
-eso creo
-no, yo no creo, yo sé. Sé todo porque soy omnisciente. Escucho todos los pensamientos. Soy el mejor escritor del mundo porque mis escritos me los dicta Diosísimo, soy su secretario general, Él me eligió porque a mí me sucedió algo extraordinario, que me chupó el culo un científico, por eso puedo escribir de todo. A usted le debe haber chupado el culo un gráfico y por eso se convirtió en periodista.
“Sé todo”, vuelve a repetir. ¿Todo de todo?, se pregunta mi mente sin decir palabra. “Tú también estás un poco envidiosa –dice, y se explica-: la telepatía”. Que ha escrito mucho más de 2.080 páginas. Que tiene que esconder sus textos “igual que los profetas y Moisés”. Que no puede decirme dónde están “porque usted le dice a los cochinos y ellos andan hablando”. Que los estudian en una universidad norteamericana. Que los indígenas de Chile y Bolivia están leyéndolos, dada su importancia “para organizar los movimientos sociales”.
Que lo han llevado preso varias veces. En la dictadura, por el toque de queda. “Yo ya andaba en la miserísima. Ahora estamos en democracia -aclara- pero igual si uno no tiene domicilio lo llevan preso; por andar con ropa de mujer, por orinar en la calle”, son las causas que enumera como si figuraran a alguna lista. Niega haber estado en el hospital psiquiátrico aunque habla con insistencia de neurosis y tratamientos, como “arrojar al paciente en una piscina llena de aguas servidas, o sea con caca”.
En sus manos tiene las monedas para comprar algo en el negocio de la esquina. “A usted se le va a olvidar todo lo que yo hablo”, sentencia, ya que no me deja tomar nota. “Chao, no más”, se despide. Entra a la tienda.
Junio 20, antropófagos
aventura humorística de la tragedia”
(fragmento de un texto del Divino Antcristo)
Hace más de un mes José Pizarro está internado en la clínica psiquiátrica Normita. La información la dio a conocer The Clinic.
“¿Estoy pensando que estos güevonsísimos creen que yo me ando haciendo el pobre?
¿Estoy pensando que tienen que pagarme un millonsísimo los del Clinic?”
(fragmento de un texto del Divino Anticristo)
El periódico, que ha publicado en más de una ocasión textos firmados por Divino Anticristo, es una de sus obsesiones. El verano pasado autoeditó Antropología del Clinic, una descarnada crítica del medio en que hace hablar en primera persona desde el director al gerente y hasta a la secretaria. Su objetivo lo explícita desde la introducción: “Desenmascarar a los cochinos del clinic porque estos cochinos diablos me tienen cansados con sus insultos…”
Junio 30, la verdad
Clínica Normita
-Hola, buenos días, estoy haciendo un trabajo sobre una persona que está internada ahí. Es el que se hace llamar Anticristo. Han salido algunas entrevistas y quería saber si las están autorizando ¿o tengo que pedir permiso en la municipalidad?
-Sí, en la municipalidad, ellos son sus tutores. Pero parece que ya no lo están autorizando…
Alcaldía. Atiende una señorita: “La familia ya no desea que él sea entrevistado -dice-, pero ellos no tienen problema en hablar contigo ¿y dónde saldría publicado esto?..Jajajaja, mira, es internacional. No sabes la cantidad de gente que ha llamado”.
-Por qué lo internaron?-, pregunto.
-Él era un vecino de la comuna y dijo que necesitaba ayuda; subió a la ambulancia en forma voluntaria-, afirma la secretaria.
-Pero en los diarios sale que la policía lo llevó engañado diciéndole que le harían unos exámenes médicos y le quitaron el carro-, argumento mientras tecleo.
-Por eso te digo que los diarios han dicho tantas cosas. Pero ahora tú me estás haciendo una entrevista y para eso tienes que llamar a prensa.
Familia. “José está en una clínica, lo llevó el área de rescate social de la municipalidad. Esta es la primera vez que recibe atención”, responde Ricardo Pizarro. “Antes él no era una molestia tan grande como ahora que ese sector se transformó en paseo peatonal. Para nosotros fue una bendición que llegara la inmobiliaria y que él ya no esté ahí a vista y paciencia…”.
La familia no tiene recursos para una clínica de este tipo, afirma el hermano. Está convencido de que es necesario internar a Divino un tiempo largo para iniciar un tratamiento por primera vez. “Imagínate un hombre en la calle, vestido de mujer y unos escritos que no tienen coherencia, no tienen nada, porque son fruto de un delirio. Porque ahora con cualquier cosa se puede vender -acota-; si la inmobiliaria no se viera afectada por lo que significa un persona como José no lo habrían atendido”. También dirige sus dardos contra The Clinic: “hay una suerte de profitación descarada de una persona que está enferma; detrás de él está la familia, su hijo está pasando por un muy mal momento. Además, ¿tú crees que le han pagado algo?”.
Julio 6, pantalones
De la noche a la mañana Ricardo se ha convertido en alguien famoso, es ‘el hermano de Anticristo’. “Está la escoba; no lo he visto ni ayer ni hoy”, es lo primero que dice al teléfono. Por momentos su voz se oye igual a la de José.
-¿Qué tú no lees lo diarios?-, prosigue acelerado. “La municipalidad nos avisó que no podían seguir teniéndolo en la Clínica porque fue mucha la presión de la prensa”.
Esquizofrenia no tratada con conductas delirantes, es el diagnóstico. “Es un psicótico -sintetiza Ricardo y se queja de la decisión del municipio:- ¡Qué frialdad! y los otros imbéciles aplaudiendo a José, mientras él sigue recogiendo cosas de la basura y haciendo sus necesidad en la calle. ¡No entiendo el mundo!” Ahora está solicitando a la alcaldía que lo vuelvan a internar. “A los 53 años está en una edad en que corre peligro”, afirma.
Dos décadas atrás perdieron la casa y comenzó todo. “Él asumió una personalidad; ya no se llamaba José, se llamaba Mariíta. La familia quedó en la calle, yo me llevé al viejo, la mamá de su hijo se lo llevó y él se fue a la calle -recuerda-. El 88, 89 empezó a vestirse de mujer, no tengo el año exacto de eso”
-¿Y por qué llegó a dormir a la calle? ¿No trataron de convencerlo de que no lo hiciera?
-¡Cuántas veces!, pero él prefería así. Lo otro en esos años era internarlo en una casa de orates. Tú ves que es un tipo loquísimo, pero es distinto. Es complicado…hay que estar en los pantalones de uno. Según él es un hombre sano, que está trabajando. Eso es verdad; nunca ha aceptado una limosna. Y por eso se convirtió en lo que se convirtió
julio 16, secreto
Yo antes hacía negocitos, era estudiante. Iba a entrar a estudiar paracaidismo. En la universidad estudié literatura, después en la Chile estudié computación. Hice la práctica y nunca más. El instituto que le dejó mi abuelo en herencia a mi padrecito. Mi padrecito se volvió loco y no pagaba arriendo hace cuatro meses*.
(entrevista a Divino Anticristo, diciembre 2001)
12 pm, lo encuentro en la esquina habitual. En el puesto ambulante exhibe su último libro, ¿Quiénes me conocísimen? Escribe a máquina -la misma que le dieron cuando estuvo en la clínica- apoyado en el carrito de supermerdado. No acepta fotos. “Para qué si ya me tomaste ayer. El jueves voy a tener la revista, el jueves…”
Es verdad que ayer adquirí su última publicación escrita a máquina. “Hablan de mí personas que me conocieron”, anticipó Anticristo vestido con pantalones, de riguroso negro y con una bufanda morada en la cabeza anudada al cuello
-¿Cómo estás?
-Bien, pobre, pero bien.
-¿tienes lo que escribiste en la clínica?
-No, el jueves voy a sacar una revista con eso. Dijeron que yo era un enfermo mental y me andan inventando otras enfermedades; preocupan a la familia. Lo que pasa es que quieren tener a la gente encerrada porque les dan una subvención…Me sacaron de la clínica gracias a los poetas que protestaron, ellos saben que yo no escribo huevadas. Ahora quiero convertirme en un escritor oculto, ¿sabes lo qué es eso? Los que escriben libros de todo, pero no ponen su nombre.
Eran las 5 de la tarde, mucha gente se paseaba por Lastarria; los libreros vendían libros, los anticuarios objetos. Una chica se acercó y pidió al Divino un recuerdo: quería retratarse con él. Sólo accedió a que lo fotografiáramos con su carrito mientras se retiraba. Clic, clic, clic. “Chao, chao”.
Agosto 1, fiestas de la cultura
Frente al Biógrafo. ¿Cómo está? Después de un prolongado silencio sólo responde “300 pesos” aludiendo a la revista que exhibe en su puesto ambulante, tal como anunció la última vez. ¿Cómo está?, repito. “Igual que como hace 20 años; mi situación no mejora nada”. Bueno, que le vaya mejor, respondo. Mi ánimo tampoco está de lo mejor. El día es gris.
La revista se llama SOLUCIÓN:
“…los que están haciendo eventos por ayudarme no pueden hacer nada por mí porque con esos eventos me dijeron que yo podría recibir trescientos mil pesitos pero con eso no me solucionan el problema de vivienda porque desde hace veinte años yo duermo en la calle y no puedo ser ayudado porque tiene que pagarme la iglesia una indemnización de mil millones de pesos aparte de la deuda de la renta eclesiástica la cual con los intereses de la deuda la iglesia tiene que pagarme dos mil millones de pesos y eso con un evento cultural no lo van a solucionar…”
Universidad de Chile
