El fuego en los ojos de ella
Postal urbana de Bisama

Calle Rosal. Cerca del Santa Lucía. Fuimos a ver a un escritor famoso con un amigo. El escritor tenía un taller literario y vivía por ahí. Llegamos al taller, que también era restorán, y vimos qué pasaba: un puñado de gente reunida que leía cuentos y opinaba. Pensé en ese entonces en una paradoja: ningún lugar mejor pata un taller literario que la calle Rosal, una calle secreta, un paso perdido donde en días fríos pero soleados el esmog puede parecerse a la niebla.
La calle Rosal como un lugar epifánico, tranquilo. Nada puede pasar ahí, entre los restoranes, los cafés, las sombras de árboles ancianos que protegen al transeúnte de la lluvia o de la luz pura con cierta eficacia en medio de edificios oscuros hechos de piedra o cemento que recuerdan un poco esas casas o castillos donde Robin William y William Hurt se perdían en Pescador de ilusiones, un lugar cómodo o terrible.
O perfecto.
O antiguo.
Y sí, si viviera en Santiago, me mudaría a Rosal o Lastarria, esos barrios oscuros y silenciosos que quedan en Brasil o tienen calles con nombre de obispo en Providencia.
Barrios antiguos, donde están las casas en las que se refugia, por ejemplo, el narrador de Cartago de Germán Marín, caserones antiguos donde sus duelos históricos han huido para ir a meterse a las faldas del cerro. O han caído en desgracia. O se han quedado para enarbolar una dignidad ciudadana que ni siquiera ellos mismos entienden del todo. Pero me desvío: fuimos a Rosal, pasamos a ver al escritor famoso –que no era tan famoso, pero que por un rato podría considerársele de culto-, esperamos que terminara su taller y nos tomamos una cerveza con él. Antes de eso, escuchamos varios cuentos horribles y uno bueno, el de una adolescente que escribía medianamente porno y que no estaba tan mal. De hecho, bastante mejor que el del señor de 40 años que contaba su relación con un psiquiatra en un camping del Cajón del Maipo.
Pero ése no es el punto, el punto es que el escritor reconoció a mi amigo y nos fuimos a su departamento en Rosal. Avanzamos los escasos metros entre el taller y su casa, a las nueve o diez de la noche, y cuando llegamos a la puerta de su edificio había una mujer esperándolo. Una chica de 20 o 25 años vestida de negro, con los ojos rojos y que parecía sacada de alguna película de Madonna –preciso: una película de Madonna con Roxanna Arquette, un filme de los años 80, un filme sobre una ciudad que ha tragado a alguien y alguien que busca desesperada, cinematográficamente a una chica llamada Susana–. Los dos se miraron y él la invitó a subir. Nosotros también subimos.
Su departamento: segundo o tercer piso. Casi sin muebles, lleno de libros, me pareció ideal, pero solitario. Le escritor revisó sus llamadas telefónicas, fue por una cerveza, habló en susurros con la chica. Fue una conversación tensa. Una conversación de la que no entendimos nada. Posiblemente, más rato, se dedicarían a tener sexo sin tregua, cosa que era más que obvia y, dadas las circunstancias, más que entendible también. Recuerdo que nos tomamos las cervezas rápidamente, casi por compromiso, y nos fuimos al rato, a lo más media hora, quince minutos después de haber llegado. El escritor quedó con la chica. Nosotros salimos a la calle. Eran las 10.30 de la noche en Santiago, en pleno invierno, la calle Rosal parecía desolada. Posiblemente, en el departamento del escritor las luces se apagaron y ellos dos se pusieron a trabajar de lleno en lo que les correspondía hacer. Cuando salíamos de Rosal –en vez de ir hacia Lira caminamos hasta Lastarria– me acordé de la primera novela del escritor, una novela iniciática que algunos podían calificar de generacional y que le debía inconfesadamente más de lo debido a Rayuela. Una novela de fines de los 80 y que transitaba en territorios más arriesgados que las calles apacibles donde nos movíamos. Pero ahí, en Rosal, en ese lugar perfecto y de sombras tibias, ese refugio del clasicismo santiaguino, lo único discordante era la mirada de la chica que esperaba al escritor. Una mirada que parecía perdida en sí misma, una mirada que quebraba el lugar en pedazos y lo volvía un sitio desconocido. Una mirada que podía ser una puerta a la locura. Una mirada de ficción, una de esas miradas que te arrancaba de cuajo de donde estabas y te quitaba toda certeza. Pero el escritor no pareció darse cuenta. Con mi amigo celebramos su sangre fría, su aura de dandy imperturbable. Pero a la vez, en cierto modo era un aura falsa, gastada, perdida. Parecía, en ese momento, que la chica podía lanzarse por la ventana, prenderse fuego, explotar. No había nada de erotismo ni deseo en eso. A lo mejor eran sólo los papeles de una tragedia diseñada de antemano, una serie de tópicos de un amor literario que ambos se esforzaban por cumplir con la mayor exactitud posible. Puede ser. Pero la chica era un personaje bastante más interesante que el escritor.
Recuerdo que no era ni bonita ni fea, sentada ahí bajo el dintel de la puerta del edificio del escritor. La mirada en llamas, de otro planeta. La sonrisa torcida. La sensación de que la calma y la paz que yacían en el ADN de la calle Rosal llegaban hasta ahí no más eran pura apariencia, que más allá –de los ojos de la chica, de su pose de diva cinematográfica o pornográfica perdida en el limbo– estaba el deseo, la locura, el caos, el fuego.
Texto: Álvaro Bisama, en Postales urbanas, El Mercurio-Aguilar, enero 2006.
Fotografía: Venus. Obras maestras de la fotografía erótica actual. Libsa, 2001.
