Centralasia
Una genial – otra “Odisea” – por tierra.
(Cuando la escritura nos lleva sin poder detenernos).

Centralasia de Roberto Echavarren, un libro que deslumbra y asombra – un viaje – un extenso poema en otra dimensión – donde la palabra en vilo: voces en el espacio de geografías y mágicas costumbres – a veces oscuras – resonantes – cobran un sentido propio más allá de diccionarios.
Situaciones se adelantan en sorprendente – propio – impulso escritural – llevándonos a algo fabuloso y atrayente que ocurre – y nos deja oscilando – en un ir no se sabe adónde – y sin embargo vamos atraídos – succionados por la fuerza – encanto y ritmo de la escritura.
El recorrido de esta extremada aventura terrestre – va iluminado por fogonazos – de salvaje belleza – allí cuando el lenguaje se hace espejo mágico.
La palabra poética – a menudo rara – muy culta – queda encendida y da luz – luz atrayente – que acrece magnitud de misterio a la inquietante travesía: valles – ríos – montañas – precipicios – personajes – rituales – etc.
El tema inicial, el homoerotismo, permanece latente por las encrucijadas de los acontecimientos en otra dimensión: en el poder seductor del propio poema, que recrea el viaje y la mirada: paisajes y costumbres de ese otro lado del mundo alucinante y bárbaro.
Transmigran agobiantes penosos retrocesos
algo aberrantes por la serpiente
el palomo y el cerdo, que forman
el cubo de la rueda del destino.
El secreto y el esplendor vivo del trazo magistral – más el ritmo poético – actúan – entonces – como un transbordador de sensaciones – la lectura se hace en crescendo sinfónico – y sin saber bien el lector es atraído y llevado.
El viaje y las inquietantes faces de otras “inculturas” nos dejan con más sed. ¿Qué tiempo abarca lo que llamamos “civilización”?
La imagen visual domina – poeta y enclave se hacen uno – y la palabra: un ser vibrante que se aventura hasta los límites peligrosos de lo real – y no cae – sube entre existencia y alucinación – y tiene sonido y canta con voz de arpa. El texto afiebrado se inflama – casi quema – pero no tiene adentro ni afuera. Está en vuelo de aventura. Otra extensión topológica. El viaje.
Así esas palabras, que suenan misteriosas – raras: gompa – habrios – napus – reata – mudra – tollón – endriagos – tolmos – vestiglos – zarzagán – más allá de diccionarios, brillan y resplandecen. Un atrayente y suntuoso neobarroco alimenta de sutil misterio el extenso poema. Mas – aquí – la peripecia de la escritura suma entonces un tinte esotérico a la ambientación de ese riesgoso y tentador recorrido por tierra.
Fragante humo de enebro, gongs, perros, campanas;
ensombrecido muchas veces solía preguntarme a mí
mismo
si había ido yo a caer a un mundo fuera de lugar
o si yo ocupaba un lugar en él.
¿Qué tiempo tiene y qué espacio ocupa lo que llamamos civilización?
La poesía se entiende sin entender. Está en otra dimensión – allí donde la prodigiosa poiesis – crea.
El eco se agotaba a fuerza de chocar contra los
muros
decorados con guirnaldas de ojos
y siniestros intestinos rojos.
Nace un ámbito de mágica categoría descriptiva – como si esos vocablos fueran el centro mismo de la “odisea” de Centralasia – ¿No lo son?
Allí el texto se hace cristal o espejo mágico que recibe paisaje y usanzas, entre floraciones abonadas que luego dejarán un fruto topológico sobre páginas a la intemperie.
La odisea de Echavarren – mágica por tierra – entre montañas – valles – y rituales feroces – baraja una lengua de sorprendente intensidad – donde se juega la vida del poema. Allí escondida – la temporalidad tienta al infinito.
Aludido – entonces – el tiempo – tal una cinta de Moebius y siguiendo rieles topológicos – hace del siglo IX antes de Cristo y del ahora siglo XXI de nuestra era – una sola y sorpresiva dimensión. Y así el remoto Ulises, navegante de Homero – al sur del hemisferio norte, por mar Egeo y mar Mediterráneo, y el presente Roberto – al norte del mismo hemisferio – por tierra: Kazakstan – Mongolia – el Tibet – China – se entrelazan: por allí pasa el poema. Aquí y ahora el presente Roberto por tierra y el legendario Ulises por mar – se encuentran: viaje – indagación – experiencia original – y misterio primero de la especie, entre rituales y fantasmagorías.
Dice Roberto:
La estancia repercutía con sonido mórbido
al entrechocar huesos humanos;
descansaban sobre una tarima
adornada con dibujos de calaveras
golpeados por un bastón curvo
que prolonga el vertiginoso infierno de la vida.
El impulso de esta otra odisea – va en aumento – riqueza verbal y ritmo se acrecientan – y la temporalidad – la más topológica de las dimensiones – tienta al infinito.
Salimos a una terraza vallada y protegida.
Había unos cuantos caballos descansando a la
sombra.
Enseguida me embargó una sensación de profunda
ansiedad;
no había duda de que estaba viviendo
un momento cuyo parangón podía hallarse en tiempos
remotos;
singulares eran las formas y los medios.
Centralasia, así, mapa y exploración – y vida en trance de hechizada realidad – que recrea – con apalabrado asombro – cubriendo el riesgo y la aventura: viaje de siempre hacia lo otro, lo que está más allá del tiempo – mundo – lugares concretos se tornan monstruosos o inefables – pobladores en mano de los demonios – conviven – entre máscaras y extraños rituales. La palabra original domina.
Sobre la frente de unas máscaras
estaba pintado el famoso tercer ojo.
Junto a él aparecía hábilmente dibujada
la rueda de la existencia,
un disco donde figura un pájaro
en las fauces de un monstruo.
Nosotros: lectores – seguimos leyendo sin poder detenernos.
El viaje adquiere impulso de maravilla sedienta. Desasosiego y asombro nos cubren los sentidos – dándonos más sed.
Centralasia devora todo. Roberto real como Odiseo imaginario – aceptan el viaje: una suerte de aventura riesgosa entre lo que sabemos y lo que no sabemos. Y hay crueldad – un incitante doble y único filo, lancinante, una letra por fuera y otra por dentro, inseparables, cara doble y simultánea – ese misterio no religioso – sino topológico: donde el adentro y el afuera se confunden.
Los ojos se apuran sobre el renglón – les entra una fiebre de ver – y se ve – todo se ve. El poema enciende fuego de cacería e ilumina la otra faz – lo real que está del otro lado tenebroso de la llamada “realidad”. La civilización permanece aún a oscuras.
Y así el viejo, legendario Homero, nebuloso en la enorme distancia temporal – el topólogo Moebius de hace apenas doscientos años – junto al poeta Echavarren en el hoy y ahora del impulso subyugante siempre presente – se conjugan en este riesgoso viaje integral – intemporal casi: un poema, Centralasia, leído a través del tiempo, puede ser presente, válido a través de los tiempos: un tiempo simultáneo lo conjuga todo y no tiene fecha.
Roberto: tus lectores se maravillan.
