Riedemann
Selección de poemas e inédito

Calidad del suelo, del agua y del aire en Karra Maw’n
No era baldía aquella tierra.
Bastaba con mirarla, sostenidamente
durante tres o cuatro lunas
y reventaban en los tallos
las metáforas.
Apenas con poner
un gramo de roja tierra en la palma de la mano
acontecían cerezas.
Hablar en mapudungu,
murmurar apenas la lengua de la tierra
era hacer vibrar en el aire
la canción de la tierra.
Poesía hermética para el académico.
Poesía elemental para el habitante de la ruka:
Como respirar de cara al puelche
o sacar peces del estero.
(del libro Karra Maw`n, 1984)
El hombre de Leipzig
El padre del padre de mi padre traía todo el mar en sus mejillas. No trajo papeles ni osamentas. Le quitaron su historia en las aduanas y venía de lejos.
Al llegar, sólo la niebla, pañal de maíz para envolver los viejos barcos de madera: la “Steinward”, el “Hermann”, el bergantín “Susanne” y el “Alfred”. Todos buscando el paraíso. Para todos, desengaño y selva.
(El daguerrotipo muestra a unas familias apiñadas y sin saber a qué atenerse. Allí dormitan en el suelo el hacedor de calamorros y la mujer del peluquero. También, un niño con paperas)
¡Oh viejos barcos de madera! ¡Oh germánicos famélicos! Les prometieron la tierra pero la tierra tenía dueños falsos. Falsas estacas de papel y no auténticos rewes milenarios.
El padre del padre de mi padre hubo de hablar en otra lengua, gotear, de nuevo, el semen de la aurora. A fundar cosas es que vino el hombre de tan lejos.
Corral, después de un siglo pronuncio tu nombre en la mañana. Estoy de pie sobre una lancha arrojando trozos de carne podrida a las gaviotas.
Por aquí entró en América el perseguido, uno que no fue rico ni famoso, sino bello. Porque bello es todo cuanto sigue siendo, a pesar de la muerte, el deterioro y el olvido.
El hombre de Leipzig, el carpintero, me trajo a tierra en el lápiz de su oreja, de donde he bajado para organizar el mundo con palabras.
(del libro Karra Maw`n, 1984)
El poeta habla de si mismo
Si yo apareciera
detrás de la puerta
y me saludara
sentiría miedo
de enfrentar
mis propios ojos
con los ojos de quien entra
y no reconocerle.
Comprendería
lo que ven
aquellos a los cuales
no amo
cuando los miro
con los ojos
del que aparece
detrás de la puerta
sin sonreír.
(del libro Primer Arqueo, 1989)
Sólo una mirada nos es permitido echar en este mundo
A Dan Shapiro.
Hermoso fue haber estado con vosotros
mientras atendíais ciertas urgencias.
Alucinante el color del vaho fluyendo
desde el interior de los subterráneos.
Sé que algo siniestro allí abajo faenaban,
algo como un deguello de cordero
en el primer día del año.
La prisa, la prisa, preso fui de la prisa,
a pesar de mi lenta zancada oscura.
Recién acomodado en el asiento tenía,
en el cuerpo, el viaje entero. Vi mi muerte,
la vertiginosa ilusión de haber vivido.
El hambre de maravillamiento convirtió
mis semanas en un frenesí de abrazos
y pañuelos. Pero no pude, sino apenas,
con torpe sesgo, saber la pulpa, dulce y
solitaria, que destila en lo profundo
del alma humana.
Feliz, pues no mordí la mano que me
dio de beber. Porque esquivé las piedras
cuando no pude guarnecerme en la
paciencia.
Feliz con las luces que, por un instante,
iluminaron ciertos rostros
en los que pude reconocerme, a pesar
de los cajeros electrónicos que escupían
ante mi sus descorazonadoras lenguas
blancas y negras.
Expiró la visa. Hora es de cerrar
la maleta, calarse las viejas gafas y
- dulce y solitario- fumarse un Lucky
mientras llega el taxi.
(del libro Wekufe In NY, 1995)
De los caballeros solos
Después de los 40, un caballero cae en cuenta
que ninguna mujer comprenderá la magnitud
de su soledad, de su inmensa tristeza.
Bebe su vino y permanece quieto en una silla,
sin ánimo para atrapar las moscas de la sala
o regar las plantas del jardín.
Ha dejado de estudiar las nubes
que cruzan encima del lago
y solo el aroma de la carne en la parrilla
y las risas de los amigos
-cuarentones como todos los caballeros solos-
logran que arrime su columna vertebral
cerca de las brasas calientes.
Se ríe de todo, mas – de veras – nada le alegra.
Por cierto, puede aullar de dolor auténtico,
a solas, sin histeria y sin golpearse el pecho
con objetos contundentes.
Entierra a su madre un domingo por la tarde
y se queda sentado en un tronco del patio,
donde el viento del otoño le va arrancando la camisa
a jirones, hasta que el paisaje circundante
invade el espacio reservado a su silueta,
sin que sea posible volver a tener noticias
de su paradero.
(del libro inédito Café Pushkin)
Puerto oscuro
Llamé a tu casa sabiendo que no estabas
para poder amar tu ausencia.
Imaginé ser el sonido del teléfono
yendo y viniendo
por las habitaciones solitarias,
pero llenas de los objetos que te son queridos.
Nada quise tocar, sino quedarme
suspendido en los espacios que inauguras
con solo mover un dedo.
Llamé, así, para saber como no eres
y cómo no estás; para aprender a quererme
sin la certidumbre de tu respiración,
para darme cuenta que existo sin oír
mi nombre entonado por tu voz.
Llamé tres veces y otras tantas te amé,
desmedida, loca, ociosamente.
Y el sonido del teléfono era como un barco
buscando un muelle en la oscuridad.
(del libro inédito Café Pushkin )
Hans Pozo Blues
(inédito)
Hans Pozo ha desaparecido. Nadie lo puede encontrar.
Era un chico quitado de bulla que robaba para comer.
y a veces para comprar droga, ¿quien se lo podrá reprochar?
Era huérfano, no tenía amigos.
A merced de todos, ayudado por nadie,
Hans Pozo ha desaparecido
Han encontrado sus manos en la basura de un callejón.
Sus pobres manitos al viento buscaban todavía el amor.
No tenían huellas digitales, ni sangre de quien que las cortó.
Pero su dedo índice apuntaba a la ciudad que lo parió.
Es el lugar donde vivimos. Uno de nosotros lo mató.
Ayer encontraron su cabeza en medio de un matorral,
pero ya no tenía rostro, ni lengua, ni paladar.
Se lo comieron los perros, tuvieron tiempo demás,
pero su nariz apuntaba directo hacia la gran ciudad.
Las máquinas de hacer dinero no paraban de foliar.
Por ahí apareció una pierna y la otra un poco más allá,
como arrancándose solas para ya no sufrir más.
Hans Pozo ha desaparecido, nadie lo llorará,
porque era huérfano y no tenía amigos que lo pudieran ayudar.
Hacia los cuatro vientos volando su cuerpo va.
A veces robada cigarros y un billete por aquí y allá;
o alguien le pagaba un duro para que lo hiciese gozar.
La vida es pesada mi amigo para los niños sin hogar.
Dirás que es un caso oscuro sobre el que no se debe hablar,
pero era uno de los nuestros a quien dejamos matar.
Algún día regresará en sueños en busca de la verdad.
¿Qué le diremos entonces? ¿Qué le olvidamos sin más?
Hans Pozo ha desaparecido, nadie se quiere acordar.
Quiera Dios que su pobre alma se haya podido salvar
y que no haya más chicos muertos botados por la ciudad.
Clemente Riedemann
Selección de Ramón Díaz Eterovic.
