Ningún escritor se hace rico

Crónicas de Edwards Bello

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Consejos al joven que desearía ser escritor

Son muchos los jóvenes – varones y mujeres –, que nos escriben de provincias, con ensayos adjuntos, preguntándonos en qué condiciones podrían ser admitidos en la prensa o en las editoriales de la capital. Desean ser escritores; quieren llegar a esta Meca de la literatura, de la política y de los negocios, que se llama Santiago.
En mi ser interior, y con la más desnuda sinceridad, yo les deseo el fracaso en sus primeras obras para que así no se vean arrastrados al opio de escribir.
Una literatura es útil, y aún indispensable. La literatura es función de pensamiento, y nadie podrá impedirla; creo que para hacer de un país algo auténtico, y no un reflejo, es preciso que alguien o un grupo piense, y que este pensamiento trascienda al cuerpo nacional. Pretender que no haya literatos, porque en Europa los hay mejores, es lo que si quisiéramos arrancarle la cara a un niño feo porque la de un vecino rico es más bonita. Función biológica esencial es la de pensar, y el escritor es la manifestación del pensar colectivo. Las naciones han de tener a sus propios glosadores, augures y previsores.
Lo difícil es que en el público se forme la conciencia de cuáles son estos glosadores y guías auténticos. Abunda el perito, el simulador, en la política y en el pensamiento escrito. Nuestro público carece de fe en su juicio propio; su conciencia de inferioridad le llama a no aceptar sino aquellos juicios de los afuerinos o extranjeros.
Muchos anhelan hacerse escritores artificialmente, por capricho pasajero, como quien desearía bailar la Cucaracha o volar en aeroplano. Por eso, a los jóvenes que desean hacerse escritores, yo les preguntaría si lo desearon siempre, si experimentan el deseo irresistible de dedicarse, y si tienen tradiciones. Muchas veces basta la lectura de la primera obra para convencerse si se trata de una persona de decidido talento para el asunto o de un pirata. Hay ensayos literarios que no traen nada nuevo al lector; que son trasunto de obras extranjeras y que, en fin, más valdría la pena de ahorrarse su lectura. De no hacerse literatura sudamericana, basada en nuestros problemas, más vale renunciar a escribir.
Como negocio la literatura es nula todavía. Publicar obras por cuenta propia lleva ala fracaso; es preciso contar con la organización que solamente los editores conocen. Por otra parte, el público espera todavía que les regalen o presten los libros. Huidobro decía que un lector criollo piensa: “Este libro vale 10 pesos, lo cual me representa un ganador y placé para la carrera fija de mañana. Luego decide no comprarlo”. Otro número grande de lectores, pide turno en la Biblioteca; otros esperan que pase el entusiasmo para comprar las obras de lance, por la tercera parte del valor.
(…) En 25 años los libros no me han dado honores ni dinero para vivir. El periodismo sí. Nuestra tierra no desea todavía literatos; prefiere a los periodistas, que son más llanos y baratos. El diario cuesta menos de medio penique.
Si la literatura no me dio dinero, en cambio muchas veces me quitó la tranquilidad. Aquí inventan claves a las novelas, y después dicen que somos por lo menos un os indiscretos. Si no descubren clave dicen que no conocemos la vida chilena, que somos unos hurones… y el libro no lo lee nadie. En París una buena novela le abre al autor los castillos de Francia; aquí una obra regular, donde los rastacueros tienen pretensión de verse retratados, cierra las puertas de las casas “bien”. Paul Morand, revela sin misterio la vida galante de París, y pasa a ser un rey de la sociedad. Aquí le hubieran empalado moralmente. Lo mismo diremos de Lawrence y de Huxley. Muchas personas pretenciosas, como se verá más adelante, cierran las puertas a los escritores, “por temor de que las saquen en sus libros”. Por mi parte declaro que en la alta sociedad chilena hay poquísima gente de vida intensa, novelable. No pasa nada digno de estremecer al lector, ni aún lo que parece vicio, porque ello es importado, postizo, sin el aura auténtica y sin tragedia. En el pueblo duermen novelas grandes, porque ahí palpita la tragedia de América. No tengan cuidado en la sociedad rica. No voy a retratar a nadie. Todavía la gente es demasiado gregaria; la vida parece estar sujeta a ciertos cánones y a limitaciones.
(…) Al joven que quisiera ser escritor, le digo: ¡Piénsalo bien! No ejercitarás otra cosa que los sueños. Soñarás y no vivirás. Ningún escritor se hace rico con sus libros, aquí. Mediante el mismo trabajo, ingenieros, arquitectos, altos empleados, se hicieron millonarios. Una novela de veras da tanto trabajo como el que gasta el arquitecto en trazar el plano de una casa, y tú, escritor, ganarás mil, dos mil pesos, en tanto el arquitecto embuchará de 200 a 500 mil. Piénsalo mucho antes de ingresar en Santiago para hacerte famoso.

Odio al escritor

Hagan la prueba de elogiar a una celebridad chilena de las letras, y verán. Elogien a cualquiera de nuestras famosos intelectuales, a Encina o a Alejandra Alvarez, por ejemplo. Verán cómo alguno salta, engrifado. Elogien a Gabriela Mistral, con toda su gloria. Siempre saltará alguno, enfurecido.
El odio al escritor no es solamente un fenómeno de aquí. Pío Baroja escribió algo de esto.
Guy de Maupassant, el año 1886, recordó que a Flaubert le exasperaba el dio de sus contemporáneos a su literatura. Maizeroy, Zola y él fueron perseguidos.
Ciertos escritores se exasperan cuando oyen elogios a otros escritores. He sido testigo.
Diderot, el gran Diderot, confesó su debilidad en este sentido. El filósofo del siglo XVII escribió en una de sus cartas:
“Nunca oí elogiar a otro sin que el elogio me hiciera rabiar secretamente. En cambio, he gozado cada vez que dijeron algo degradante para otros. Mi mediocridad se siente mejor cuando dicen horrores de personas conocidas.”
Comparando con los escritores nombrados, yo soy muy poca cosa, y no obstante, he sentido pesar el odio sobre mí. Me desagrada profundamente que alguien se ponga a elogiarme con exageración ante otros escritores por cuando comprendo que sufren. He visto a uno que se levantó, rojo como un tomate, y se fue furioso, cierta vez que alguien tuvo la ocurrencia de elogiarme en su presencia.
Nunca me presento como escritor. Me carga serlo. Si pudiera arrojar al fuego mi parte de escritor, cuando salgo a la calle, cuando paseo o voy de veraneo, lo haría. He cambiado de vagón en el ferrocarril porque un pasajero leyendo algo mío en su butaca. Esto de escribir es un vicio personal, cerebral. Además, es un oficio que saca pica.

Hace poco un transeúnte., al parecer forastero, me detuvo en la calle, y preguntó:
¿Es usted Edwards Matte?
No.
Sí. Usted es el escritor Edwards Matte.
Le digo que no. El escritor Edwards Matte, a quien admiraba, se murió.
Sí. Yo sé que es usted.
No me moleste. ¡Adiós!
El individuo se puso furioso. Se fue apostrofándome:
¡Estos literatos neurasténicos que no valen un cinco…!

Para eso quieren acercarse a nosotros. Para demostrarnos que se sienten superiores. Es humano. Anhelan demostrarnos que les pareceremos poca cosa. Soy el primero que les cree, pero que no me digan. ¡Sí, señores! Soy insignificante. Un escritor de aquí es el revés de la gloria. Jamás, aquí o en el extranjero, me presenté como escritor. Agente viajero es más respetable. Viajante en medias y en calzoncillos es mejor.
Si me preguntaran qué hubiera deseado ser, en vez de escritor, diría: futbolista, jockey, o extranjero en Chile. ¡Si yo fuera mister Prutt, desconocido y con tipo de gringo…, qué feliz! Actualmente viajan con facilidad solamente los futbolistas, los caballos de carrera y los diplomáticos. Por algo los escritores viven fuera de Chile, muy patriotas, eso sí, para la galería.
Hace algunos años vino a Chile, de paso, nuestro internacionalista Alvarez, de renombre universal. Nadie se dio cuenta. La estación vacía. ¿Qué ocurría? El mismo día y a la misma hora llegaba la yegua Chilenita.
Gabriela Mistral recordó que no podía nombrarme en presencia de compatriotas sin que se produjera un pánico. Torcían la boca y se fruncían como si vieran al cuco.

¿Cómo debe ser el periodismo?

En diversas partes del mundo tratan de definir el periodismo en su evolución o adaptación, frente a los diversos elementos que se le oponen o hacen competencia. Entre estos elementos debemos contar el cine y la radio.
El periodismo es noticia. Edison comenzó su vida de inventor, durante la guerra norteamericana de Secesión, en un comportamiento de ferrocarril donde instaló una prensa para dar noticias frescas de dicha guerra al público que se apasionaba por ellas.
El público es como un niño irreflexivo y novedoso: no le importa quién es el encargado de divertirle y darle noticias. Se va con aquel que mejor cumple con su objetivo. El público es un niño que pide un cuento nuevo cada mañana.
El destino del periodista y del escritor consiste en contar cuentos o dar noticias en estilo grato e impresionante. El público se parece al sultán de las “Mil y una Noches”, sentado a la vera de la sultana Scherezada, todos los días, sin faltar uno solo, so pena de perder la vida.
El formidable Atlante de la literatura que fue Vicente Blasco Ibáñez, se apareció una noche en el proscenio del Teatro Municipal y definió la literatura universal de la siguiente manera:
“Cuando un padre llega a ver a sus niños, antes de que se acuesten, esto le miran con los ojos ansiosos y le dicen: papá, cuéntame un cuento”.
Esto es la literatura y el periodismo moderno; el niño, el eterno niño del público que pide la maravilla de un cuento nuevo. El editorial sesudo, la noticia de crónica, el fallecimiento, el telegrama de guerra, el aviso, el aparte policial, la receta de cocina, todo ello obedece al deseo, más fuerte de todos después del hambre: la curiosidad.
(…) El director del Chicago Daily News, uno de los diarios más importantes del mundo, expuso las siguientes reglas “para llegar a ser buen periodista:

1º – Vocación y enorme entusiasmo. Entender el periodismo como la profesión más estupenda y más intensa que puede haber.

2º – Actividad enorme. Trabajo intenso y desempeñado con alegría y optimismo. Dedicarse a esta profesión, que es sólo para hombres con energía.

3º – Escribir, escribir siempre, a toda hora y lo que sea, aun cuando no esté destinado a la publicidad. Entrenarse así, acumulando facilidad y vocabulario.

4º – Observar y estudiar a los que saben y quieren escribir y escriben. Aprender por emulación y observación.

5º – Leer mucho, pero leer lo que estimula el pensamiento y aumenta el conocimiento.”

El periodismo actual deber ser, ante todo, sintético. Aquello que se pueda decir en cuatro líneas no debe decirse en veinte. La síntesis es el aceite mágico para introducir la idea en la masa. Clement Pansaers, el humorista belga, decía que “cómo va”, escrito por un pedante, ocuparía un volumen de seiscientas páginas. Está estrictamente prohibido al periodista extenderse en veinte párrafos para decir lo que tendría cabida en uno solo. Si el periodismo se empañara en escoger las sendas de la literatura antigua, de rodeos, de descripciones, de florilegios de estilo, entonces el público optaría por la radio o el cine hablado.
La creación es proceso evolutivo y no meta. Respetamos el pasado y nos servimos de él, pero avanzamos.

A un cronista

El éxito de un cronista de diario depende de la simpatía que irradian sus escritos. La simpatía es comprensión. Se desarrolla cuando el lector descubre que han expresado sus propias ideas o deseos, con gracia y claridad.
En vez de parecer sabio, el cronista debe tratar de parecer niño, por cuanto el conjunto de los lectores de un diario es más parecido al niño que al sabio. La masa lectora está compuesta de un número considerable de obreros, de niños, de mujeres y de deportistas, gente sencilla que usa un vocabulario reducido. Por lo mismo, el escritor, si es realmente sabio y dueño de un vocabulario abundante, ha de esforzarse para ocultar su sabiduría. No pocos lectores han venido a preguntarme, a veces, qué significa peyorativo, concatenación, Complejo de Edipo, síndrome de Frölich, y otras expresiones usadas en los diarios. El pedante es enemigo del diario, y no dura.
Generalmente usa el diario a manera de lanzadera o trampolín.
Después de descubrir a Freud, a Marx, a Engels y a Proust, algunos jóvenes escritores practican un lenguaje confuso, por no decir un galimatías espantoso. Se deleitan poniendo expresiones de obras científicas, tales como tótem, tabú, antidrhing, cuarta dimensión, axa, ibid. y libido.
No olvidemos que con imágenes populares y con palabras corrientes se pueden hacer maravillas. El periodista ha de variar sus temas por obligación: un día podrá tratar de la Antártida y al siguiente de coles, de rábanos o de cogoteros.
(…) El periodismo es pasión. He visto llegar escépticos, y muy pronto fueron apresados por este vértigo. El periodista vive de artículos. No para de escribir. Ve la vida en crónicas. Por la mañana, salta de la cama en busca del diario. Viejo ya, soy un niño en eso un principiante. Con la misma emoción de hace treinta años, busco mis columnas, sufro si no encuentro la crónica, y me hierve la sangre si descubro errores, “patos” o borrones. Fernández y González, el relatista del siglo pasado, pedía excusas a los madrileños cuando les dejaba sin su pan, “sus crónicas”. El periodista muere cada noche. El ruido más importante de las mañanas es para nosotros el pregón de la prensa, diferente e inolvidable en cada región de esta ciudad y cada región del mundo, y, sin embargo, igualmente cordial. Le leche, el tarro en el suelo, el carricoche, el pan, los diarios. Que en variedad se reconozca siempre una salsa diferente para cada plato, para cada crónica.

Selección y edición: Roberto Contreras.

Foto: Retrato del poeta Jacques Prévert en París, 1955
Robert Doisneau

* Selección de crónicas del libro En torno al periodismo y otros asuntos, publicado en Editorial Andrés Bello, a un año de quitarse la vida, 1969. 276 pp.


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