Los poemas a la muerte de los samuráis

Cuatro relatos del Taiheiki (Crónica de la gran pacificación), una antología de aventuras épicas, con referencias históricas, hecha probablemente a mediados del siglo XIV.
1.
Toshimoto sacó de entre las ropas un rollo de papel y, después de secarse el cuello con él, lo extendió y escribió su poema a la muerte:
El dicho viene de muy antiguo:
“La muerte no existe; la vida no existe”.
Es verdad: cielo sin nubes,
Río de aguas limpias.
Entonces, Toshimoto dejó el pincel y se alisó el pelo. En ese instante, la hoja de la espada fulguró tras él; su cabeza cayó hacia delante y su cuerpo, sobre ella.
2.
Sukemoto se sentó en una piel de animal y escribió un poema de despedida en alabanza de la verdad budista:
Las cinco cualidades de mi forma pasajera
Y sus cuatro elementos vuelven a la nada. (*)
Ofrezco mi cuello a la espada desnuda,
Cuyo tajo no es sino una ráfaga de viento.
Escribió la fecha, estampó su nombre y dejó el pincel a un lado. El verdugo se le acercó por detrás y la cabeza de Sukemoto rodó sobre la piel de animal. Su cuerpo permaneció erguido.
(*) Las cinco cualidades son: la forma corporal, los sentimientos, los sentidos, los impulsos y la conciencia. Los cuatro elementos son: la tierra, el agua, el aire y el fuego.
3.
Minamoto-no-Tomoyuki se sentó en una piel de animal, sacó su pastilla de tinta y escribió pausadamente su poema a la muerte:
Durante cuarenta y dos años
he oscilado entre la vida y la muerte.
Ahora zozobran las colinas y los ríos.
La tierra y el cielo vuelven a la nada.
Debajo del poema escribió “décimo noveno día del décimo mes” y estampó su nombre, luego dejó el pincel a un lado, cruzó los brazos y se irguió. El verdugo se le acercó por detrás y, un instante más tarde, su cabeza cortada caía sobre él.
4.
Shiaku Sho’on era monje cuando murió, aunque había nacido samurái. Tras la derrota del ejército de su señor, prefirió morir como un guerrero a renunciar “a las vanidades del mundo”, como habría hecho un monje. Su hijo mayor ya se ha suicidado y el menor, Shiro, quiere seguir su ejemplo. Shiaku lo detiene y le dice:
“Espera un momento. No está bien que un hijo muera antes que su padre. Cuando yo me haya ido, podrás hacerlo tú”. Shiro envainó su cuchillo y se arrodilló frente a su padre, que lo miró y rió con aprobación. Entonces Shiaku ordenó que pusieran uno de los taburetes que usaban los monjes junto a la puerta central y se sentó en él con las piernas cruzadas. Sacó su pastilla de tinta y escribió su poema a la muerte:
La afilada espada, desnuda,
Corta el vacío.
Dentro del fuego airado,
Viento frío.
Entonces cruzó los brazos, inclinó la cabeza hacia delante y ordenó: “¡Golpea!”. Shiro, desnudo hasta la cintura, decapitó a su padre. Acto seguido, colocó la espada verticalmente, se la clavó en el estómago hasta la empuñadura y se desplomó de cara, muerto. Tres seguidores, que lo habían visto todo, se lanzaron, corriendo, contra la misma hoja y cayeron, con las cabezas juntas, como peces en un espetón.
Del libro: “Poemas japoneses a la muerte”.
DVD poesía. Barcelona, 2004.
