Quijote Policial
Por Ramón Díaz Eterovic

Mi primer atisbo al mundo de don Alonso Quijano fue a través de los enormes y hermosos murales del Teatro Cervantes en Punta Arenas, hoy convertido en oficina de una entidad financiera de cuyo nombre no quiero acordarme. Mientras esperaba el comienzo de alguna película de vaqueros, de las que protagonizaban Randoll Scott o Audie Murphie, solía dejar correr mi imaginación por entre los molinos, bosques, adargas y rocines propuestos por algún pintor de nombre desconocido para mí. Parte del placer de ir a ese cine era llegar temprano a la sala y recorrer los murales intentando adivinar las historias que cada uno de ellos representaba, ejercicio nada despreciable para alguien con aspiraciones de escritor. Después vino la lectura de la novela en dos gruesos volúmenes de la editorial Bruguera que adquirí hace más de treinta años en un supermercado de Punta Arenas y que todavía conservo entre los libros que acostumbro a tener a la mano.
Convocado meses atrás para asistir a un encuentro sobre la figura de don Quijote de La Mancha, y estando en las últimas puntadas de mi novela “El segundo deseo” que por estos días acaba de aparecer en circulación, pensé que un ángulo particular para hablar de él es la evidente relación existente entre el personaje más emblemático de la literatura hispánica y la novela policial. A don Quijote, personaje cargado de sueños y dispuesto a confrontar el mundo que habita con sus deseos de justicia, lo llamaron loco, porque a ciertas personas, en los tiempos del Don Quijote, y en los actuales, les resulta cómodo que le recuerden que el hombre tiene un lado luminoso, el de las utopías y la decencia. Es decir, la suerte de don Quijote no fue muy diferente a la de Lew Archer, Philip Marlowe, Salvo Montalbano o Duca Lambertti por nombrar a cuatro grandes detectives de la ficción policiaca.
Muchos años después de que Don Quijote se lanzara a recorrer los caminos de La Mancha para deshacer entuertos y proteger doncellas aparece en el mapa de la literatura mundial la figura del detective privado, como un quijote moderno que, como acotaría Raymond Chandler, no vacila en arriesgar su pellejo para descubrir la basura que se esconde bajo las alfombras de los poderosos. En esto, a grandes rasgos, hay una primera relación entre el espíritu de El Quijote y la voluntad de verdad-libertad que anima al detective privado. “Por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”, dice Don Quijote. Una libertad que no sólo es lo opuesto a toda idea de cautiverio o el mero hecho de vagar por el mundo, sino que como dice Vargas Llosa en el prólogo a una reciente edición de “Don Quijote de La Mancha”, el concepto de libertad del caballero de la triste figura, conlleva “una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo el poder”. Y en esto, sin duda está una de las claves que impulsan al género policial. Su constante aguijoneo al poder y a los abusos que provienen de éste. Buena parte de la narrativa policial escrita en los últimos años, en especial en el mundo de habla hispana, está relacionada con la denuncia del poder y su enlace con la criminalidad que corroe nuestras sociedades azotadas por la pobreza y los códigos mercenarios del neoliberalismo.
El detective privado, al igual que El Quijote, se impone la tarea de establecer justicia en su medio, de hacer más libre a las personas que le rodean, y esto, la mayoría de las veces, sin encontrar recompensa material y recibiendo golpizas similares a las que a menudo obtenía El Quijote en sus andanzas por ventas y caminos. De este modo, la mayoría de los protagonistas de las novelas policíacas pueden hacer suyo el espíritu caballeresco de El Quijote, sus palabras cuando dice que va por los caminos “deshaciendo entuertos y haciendo reinar una justicia para los seres del común que de otro modo éstos jamás alcanzarían”. El Quijote representa un ideal recogido por nuestros detectives que ya no visten armaduras enmohecidas, ni cabalgan en jamelgos, pero suelen usar trajes arrugados y conducir maltrechos automóviles.
Otro rasgo de la novela de Cervantes presente en el género policial es lo que podemos llamar la amistad de los opuestos. Don Quijote y Sancho Panza. Dos visiones para una misma realidad que en la narrativa policial se ha materializado en muchas parejas inolvidables. Sherlock Holmes y el Dr. Watson, Pepe Carvalho y Biscuter, Maigrett y sus ayudantes, por sólo nombrar tres casos. Espejos de distintas intensidades para observar una misma realidad, con todos sus matices y posibilidades de interpretación. Contrapuntos de miradas que reflejan las intuiciones y fantasías de uno, y el realismo del otro.
Al crear a Heredia, el detective privado que protagoniza la mayoría de mis novelas, de un modo absolutamente inconsciente le di atributos que lo emparentan a Don Quijote. Esto no hace más que reflejar el espacio que ocupa el personaje en mi maleta de viajes literarios. Desde luego, y en primer lugar, el acento libertario del que hablaba anteriormente y que me hace pensar que para no pocos lectores, Heredia es una suerte de quijote marginal y arrabalero dispuesto a meterse en las patas de los caballos a la menor provocación. En cuanto a la compañía en sus andanzas, podría decir que el rol del gordo Sancho Panza es asumido por el igualmente gordo gato Simenon, suerte de conciencia de Heredia y con el cual suele compartir sus pesquisas.
Otra referencia es la lectura. Don Quijote pierde el juicio de tanto leer novelas de caballerías, y Heredia, gran lector de poesía y otros géneros, sin bien no enloquece al correr de las páginas, encuentra en ellas frecuentes citas que le sirven para sintetizar sus pensamientos. Mal que mal, se declara coleccionista de bares y citas literarias.
Finalmente, en sus noches de vigilia y cuando nada parece ser como se desea, Heredia puede recordar una frase de la novela de Cervantes, y al igual que El Quijote, decir: “Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos fechos”.
Ramón Díaz Eterovic
