El cadáver del inventor

… en ese momento en que la presencia cadavérica es
para nosotros lo desconocido, es entonces también que
el llorado difunto comienza a parecerse a sí mismo.
MAURICE BLANCHOT
Aparte de las pesadillas de la literatura y el periodismo, Roberto Arlt se pasó toda su vida intentando cumplir un sueño que hoy la mayoría de los hombres desprecia: ser un inventor. Aunque un escritor, en cierto modo, siempre lleva consigo “invenciones” de todo tipo, lo que Arlt quería era ser considerado un inventor de verdad, más allá de “la bobina de papel” y de las “redacciones estrepitosas”. Para esto, por ejemplo, intentó establecer el negocio de una tintorería para perros; elaboró una solución galvanoplástica para metalizar rosas y publicó, cuando tenía veinte años, un extrañísimo ensayo o informe sobre Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires. Como sabemos, tuvo que cederle algunos de estos inventos a la literatura y a los proyectos revolucionarios de Augusto Remo Erdosain y de El Astrólogo, los personajes quizás más dostoievskianos — en el caso del primero — y nietzscheanos — en el caso del segundo — presentes en la literatura latinoamericana del siglo XX. La creación de una Sociedad Secreta, capaz de forzar una “situación revolucionaria” en Argentina — como un contrapunto porteño, “bolchevique o fascista”, del conspirador profesional Blanqui —, cuyo ideario se llevaría a la práctica gracias a la explotación sistemática del proxenetismo, es uno de los inventos con el que Arlt anticipa no sólo el Golpe de Estado del General Uriburu, en 1930, sino también muchos de los que siguieron después.
La conspiración, en Los siete locos-Los lanzallamas y en El juguete rabioso (no debe olvidarse a un personaje como “El Rengo”), es un motor paranoico que lleva incrustada la posibilidad de ser traicionada, como, en efecto, ocurre en la novela y en el siglo veinte latinoamericano, y de ese modo es que funciona, y funciona muy bien, como el modus operandi predilecto de la contrarrevolución. Y Arlt, que no fue ni anarquista ni comunista (pero que sí había leído malas traducciones clandestinas de Bakunin y Marx), concibe a la revolución bajo la forma de una pregunta fuerte, una pregunta que Gilles Deleuze le adjudicó a los románticos ingleses: “¿Cómo vivir todavía mientras la revolución es traicionada y parece tener como destino el ser traicionada?” Es una pregunta que los románticos ingleses se hacían después de Cromwell, pero parece salir directamente desde las entrañas de Erdosain. Cuando la quinta de Témperley arde en llamas, uno puede decir que la Sociedad Secreta formada por El Astrólogo, pese a él mismo, finalmente ha hecho bien su tarea: cederle el poder a sus verdugos, los militares y los capitalistas. (Por cierto, ¿cuál es la frase preferida de El Astrólogo? Una de Lenin: “Qué revolución es ésta, que no se fusila a nadie”.)
Pero el gran proyecto de Arlt, como inventor, fue el de confeccionar unas medias de mujer que “no se corrieran”. En 1935 lo consiguió. Su invento fue patentado (en algunas de las ediciones de sus cuentos se puede ver una copia de la patente). Sin embargo, las medias eran hasta tal punto inutilizables, que nadie las tomó en cuenta (su segunda esposa, con el mínimo de sentido práctico, y a riesgo de ser considerada una traidora, debió rendirse ante la evidencia), y así Roberto Arlt tuvo que morirse sin lograr jamás ser un inventor de éxito. Al menos en el plano de los inventos “extraliterarios”. El reconocimiento parcial de su obra como escritor de novelas y cuentos, además de una gran cantidad de obras de teatro, estaría condicionado siempre por su actividad periodística y como autor de las Aguafuertes porteñas. Después de su muerte, en parte gracias a Cortázar (que prologó la Obra Completa, bastante incompleta, editada por Planeta), y a Onetti (que escribió un prólogo fino y radical de El juguete rabioso editado por Bruguera), pero sobre todo debido a la obra narrativa y crítica de Ricardo Piglia, encontraría una mayor cantidad de curiosos y obligados lectores. Por otra parte, en 1972 el escritor y cineasta Leopoldo Torre Nilson llevó al cine una adaptación, muy concisa (pero víctima de la precariedad técnica del cine argentino independiente), de Los siete locos – Los lanzallamas *.
Hoy, los lectores de Arlt seguimos circulando subterráneamente. Así como sus inventos nadie los tomó en serio (no podían tomarse en serio), así somos muy pocos los que lo leemos. Al parecer, Piglia, el arltiano, se equivoca: su cadáver ha sido demasiado fácil de enterrar, y ya hace algún tiempo no constituye “problema” alguno para un montón de críticos que le han dedicado sus columnas, o artículos de opinión, o críticas de ficción, o como se llame lo que escriben hoy los críticos. Algunos profesores universitarios, para zanjar la cuestión y darle una última paletada al cadáver del inventor, lo transforman en un vanguardista perteneciente al grupo de Boedo, y así lo ubican como la contraparte ideológica del Borges de Fervor de Buenos Aires o Luna de enfrente.
Pero que Roberto Arlt esté enterrado no significa que su cadáver no pueda ser sometido nuevamente a la disección perversa de sus lectores. La literatura ofrece siempre la posibilidad de una necrofilia placentera (eso también lo enseñan los profesores). Y a Roberto Arlt podemos leerlo, todavía, fragmentariamente: Los siete locos y Los lanzallamas (e incluso El amor brujo) son una sucesión contra-folletinesca de cuentos cortos y largos, un tren desbocado cuyos vagones siempre están a punto de desengancharse y arruinarlo todo. Saltar de “Los sueños del inventor” hacia “El hombre neutro”, o de “Haffner cae” hacia “Balder va en busca del drama”, puede conspirar contra una lectura que solamente es capaz de ver en aquellos textos la pertenencia frígida de un escritor a un mecanismo de relojería. Son pequeños fragmentos, incluso, como se ha dicho, “mal escritos” (¿qué es eso?), después de todo: brutales y vertiginosas piezas — inesperados cross a la mandíbula — programadas desde “la reja de la incoherencia”. Además, ¿cómo finaliza la conspiración, y por tanto, la novela, en Los Lanzallamas? Con la fuga de La Coja y de El Astrólogo, vale decir, con el comienzo de otra novela y con la posibilidad de otra conspiración y de otra traición. Leer a Arlt, se diga lo que se diga, significa asumir, por lo menos, que la narración y la pesadilla no se acaban cuando acaban sus libros, pues, de algún modo extraño, continúan en un lugar que desconocemos o que, de plano, conocemos de sobra.
Una última pregunta: ¿qué hicieron los montoneros cuando vieron que el cadáver de Evita no aparecía por ninguna parte y seguía siendo propiedad de sus más acérrimos enemigos? Bueno, ya se sabe: fueron a desenterrar el cadáver de un general traidor y amenazaron con hacerlo desaparecer para siempre. Lo mismo hay que hacer con Arlt. Lo mismo hay que hacer con la literatura.
_______________________________________________
* En el film, Norma Leandro interpreta a La Coja, la puta frígida y esposa del Farmacéutico Ergueta; Héctor Alterio es Barsut, el delator de Erdosain; y el actor que interpreta a Erdosain — no recuerdo su nombre — es un tipo muy parecido a Roberto Arlt.
Martín Cinzano
