Laura

Un relato de Martín Cinzano
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¨Para el hombre que está en la orilla, todas las aguas son iguales¨.
Joseph Roth, Fuga sin fin
¨¿Te das cuenta? Putos no faltan. Lo que falta son financistas¨.
Marcos, en Nueve Reinas.
1
Conocí a Laura en Buenos Aires, una tarde en la que ya nadie ni nada me era seguro.
Un tiempo sin perspectivas de ningún tipo.
Pura laceración y mierda contenidas en un espejo diario que me auguraba sólo tormentas.
Estaba sentado en un banco metálico, en Puerto Madero, cerca de esos astilleros abandonados que habían sido acondicionados como restaurantes turísticos. Miraba el vacío, y tal vez pensaba en aquellos hombres que, como yo, viajan y viajan hacia cualquier parte, hasta que llegan de pronto a encontrarse en las orillas de un río, y por tanto, en las orillas de sus propias vidas. Viajeros que dejan todo atrás porque su camino, poco a poco, los va erosionando y fastidiando, como si, al mismo tiempo en que construyen un itinerario de rutas inciertas, hoteles inmundos y calles tristes, no hacen otra cosa que ir borrándolo y borrándose a sí mismos, puesto que para ellos, como escribió Joseph Roth, “todas las aguas son iguales”. Puede considerarse más probable, entonces, que no estuviera mirando el vacío y que más bien estuviera leyendo uno de los libros de Vila-Matas o de Maurice Blanchot, aunque, si se piensa mejor, entre mirar el vacío (no descarto esa posibilidad) y leer un libro, no hay mucha diferencia. Eso lo dijo Paul Eluard, creo. En cualquier caso, si mal no recuerdo, cabe la todavía más certera posibilidad de que estuviera leyendo un libro cualquiera mientras echaba furtivas miradas al Río de La Plata, pensando en que yo, viajero insatisfecho como Franz Tunda, a quien el mismo Roth sentenció como el ser humano más superfluo sobre la tierra, sin profesión, sin amor, “ni alegría, ni esperanza, ni ambición ni egoísmo siquiera”, me encontraba ciertamente a la orilla de todas las aguas que son iguales y en los muros carcomidos de mi vida.
Ahora que me pongo a recordar, es absolutamente más sensato creer, si es posible e importante hacerlo, que mis miradas al vacío se apaciguaban con la lectura vacía de un ensayo cuyo tema puede llegar a ser muy aburrido y vacío, pero en el cual siempre se encuentra una obstinación (pero los imbéciles pensarán: pasión) propiamente rioplatense: las parcelas, las divisiones literarias. Es una manía. De un lado éstos; del otro lado, aquéllos. De un lado el profesor Piglia, del otro lado el vago de Soriano. En este rincón Felisberto y Cortázar (los desafiantes); y en este otro rincón, Macedonio y Borges (los campeones defensores). De un lado, la pandilla ilustrada de Borges, Bioy y Girondo; y del otro lado, los delincuentes anarquistas de Arlt y las putas desesperadas de Onetti. Y aunque los mismos escritores rioplatenses sepan y digan que el río viene mucho, pero mucho más revuelto, y que lo único importante al final, por supuesto, es escribir, siguen admitiendo que entre todos estos luchadores peso pesados, que también encontraron sus propias orillas o su propio caudal, siempre gana Borges. Es un fastidio, para el lector y, desde luego, para Borges. Por cierto, el veredicto final del ensayista de mi libro aquella tarde en Buenos Aires, una tarde en la que, pienso ahora, di con la orilla de mi vida y con Laura y con este ensayo vacío, no era la excepción: son los tiempos de Borges, concluía terminante (“Han llegado los tiempos”, decía el farmacéutico Ergueta), son y serán los tiempos de Borges, anunciaba casi como si eso significara la vuelta misma de Jesucristo (algo muy extraño, desde luego, y acaso sospechoso), son los tiempos en los que la literatura sigue enroscándose y sangrando más y más en sí misma (“como un caracol desesperado, muerto de miedo”, decía) y donde los autores actuales (ocupaba esa palabra extraña: actuales), los nuevos —y viejos— autores rioplatenses, desde Silvina Ocampo a Fresán, desde Filloy a Forn, incluso desde Gombrowicz a Lamborghini, pasando por todos aquellos poetas enmudecidos o ahogados —justamente porque siguieron avanzando, dormidos como Alfonsina, o bailando como Girondo, más allá de las orillas—, e incluso pasando por el mismo Jorge Luis Borges (como si él mismo, y sobre todo él mismo, cayera preso en esa red de confabulaciones llamada tiempo, pero que también puede llamarse literatura), todos esos, aunque no lo parezcan o lo disimulen muy bien, siguen indefectiblemente, hoy, la trama tejida y destejida por los hilos de Borges.
Usted no lee cualquier cosa, dijo Laura susurrando a mi lado, quiero decir… no lee boludeces como la mayoría de la gente, siguió susurrando descuidadamente, como dando cabeceadas en un vagón de cadencia indefinida. Y yo, que antes miraba hacia el vacío de la literatura encarnada en los tiempos de Borges, y quizás intuyendo lo que se me podía venir encima, fui reparando en ella girando muy lentamente la cabeza, soltándole, para mayor seguridad, no recuerdo qué cosa, algún comentario estúpido, lo más seguro, pero un comentario contundente, una de esas idiotas frases monumentales sobre las orillas de la literatura o sobre los muros del arte en general, o, ya de plano, una frase que hablaba de su insignificancia e inexistencia malévolas. Y ahí Laura, contra todos los pronósticos, ante esas cretinas palabras mías, sonrió de una manera muy sutil y se puso a fumar con una pasividad y una arrogancia que acabaron destrozándome los huesos.
No era una mujer lo que se dice atractiva. Llevaba lentes oscuros y parecía no entender absolutamente nada de lo que sucedía a su alrededor. Tenía, pese a todo, su rictus orgulloso y daba la impresión de haber andado mucho tiempo a los tumbos, esperando algo, o regresando de todo. Pensé en un minuto que podía ser una drogadicta, pero al examinar de reojo sus mejillas y sus brazos deseché la idea. Cada vez que se llevaba el cigarro a los labios, sonreía. En un impulso involuntario, seguramente debido a mis nervios (se me había puesto la piel de gallina y había empezado a pensar en un personaje de Arlt y también en una de las mujeres de Onetti), le pedí un cigarrillo: sonrió nuevamente e inició un largo movimiento agitando sus manos en el aire (dando vueltas al vacío), sacó de su jeans un papel inmundo y me dijo que ya no le quedaban, que ya no tenía nada para fumar. Se quedó pensativa durante unos segundos interminables y luego de dar una larga pitada a su cigarrillo, me lo ofreció.
Fue entonces cuando se vino con todo. Y yo, que nada perdía, la escuché.

2

Su vida era como la vida miserable de cualquier mujer con un mínimo de orgullo y sufrimiento. Había enviudado joven, a los veintitrés o veinticinco años, no recuerdo la edad exacta, pero era viuda y no tenía hijos.
—Qué gran alivio —me dijo entonces—, pude haberme descuerado trabajando para mantenerlos, pero aquí vos me ves, si no te importa que te tutee, aquí me ves, me metí a puta de barco.
—¿Cómo es eso? —le pregunté aturdido.
—¿Qué cosa? —se sonrió, mostrándome su dientes amarillentos—, ¿acaso no sabés lo que es una puta?
—Sí, claro, pero lo del barco, digo.
Y entonces me contó sobre unos tipos holandeses a los que había conocido en Rosario, por los días en los que no quedaba otra opción que unirse a una banda de saqueadores de supermercados o, simplemente, yirar. Aunque Laura, como muchos, había saqueado supermercados y había organizado piquetes, no podía darse a faenas tan eventuales y de beneficios tan inciertos. Y la prostitución, incluso en tiempos de crisis, no posee nunca una demanda inconstante, por mucho que deba adaptarse a las nuevas condiciones de la economía. La decisión, sin duda, no había sido tan fácil, pero sí ineluctable y, desde luego, estaba ajena a cualquier consideración más allá de la de llenar el estómago.
—Claro que de esto mis padres ni se enteraron ni se enterarán jamás —me dijo como temiendo una recriminación de mi parte, una recriminación que por descontado hubiese sido del todo absurda viniendo de mí o viniendo de quien viniese.
Pero Laura prosiguió, quizás aferrada más que nunca a sus propias orillas o definitivamente olvidándolas por completo. Según lo que recuerdo, el asunto había sido más o menos así: centenares de periodistas de todo el mundo deambulaban por los interiores de Argentina en los minutos del desastre. Algunos, la mayoría, buscaban imágenes chocantes y luego de encontrarlas y enviarlas a sus respectivas agencias, se marchaban. Cuando las cámaras captaron la famosa imagen de la emboscada a un trailer que transportaba vacas, y el posterior e improvisado matadero que la turba de familias hambrientas dispuso en plena carretera, bajo el sol calcinante de diciembre, muchos de los periodistas extranjeros intuyeron que quizás no faltaba mucho tiempo para que ellos mismos fueran la carne emboscada, y optaron por marcharse, raudos y satisfechos, con las tomas del frenético infierno argentino en formato digital. Sin embargo, otros, los menos, se quedaban por algo más de tiempo haciéndose pasar por fotógrafos de prensa o por cualquier otra acreditación que nadie, dada la situación, se preocupaba de chequear, y así se sumergían, aunque no muy profundamente y por un lapso nunca superior a dos semanas, en la decadencia espectacular de un pueblo que Sarmiento hubiera catalogado, sin chistar, de pueblo salvaje, igual a como lo había hecho hace ciento cincuenta años, cuando observaba las costumbres de los gauchos de la pampa.
¿Qué buscaban los supuestos periodistas? Putas. ¿Las encontraban? A raudales. A Laura, como a casi todas, los holandeses la vieron a la salida del table dance. Llevaba ahí dos semanas de trabajo y ya la habían golpeado y sodomizado y no había cobrado ningún porcentaje extra ni la comisión por el consumo de las copas de los clientes. Por supuesto, era pobre, y aunque le alcanzaba para una comida diaria y a veces incluso para una cerveza en un boliche, la miseria la rondaba.
—Como nos ronda a todas, che —me dijo Laura al voleo, sacándose las gafas negras y mostrándome sus pestañas orgullosas—, quiero decir, como nos ronda a todas las putas del mundo —agregó, sonriendo y mirándome de frente con los ojos desencajados, y esta vez yo sentí que la recriminación venía frontalmente de su parte y que no era del todo absurda, aunque sí un poco desmedida.

El resto, había ocurrido casi por inercia: después de encamarse un par de veces con dos de los holandeses, a los cuales, como es bien debido, cobró tarifa de extranjeros, éstos habían terminado por ofrecerle el trabajo de camarera todo servicio en el barco de una empresa turística.
—Eso es todo —concluyó—, así es que terminé yirando en un barco.
—¿Solamente en un barco? —le pregunté, como dando un manotazo a la desesperada y un poco arriesgándome a cualquier cosa.
—Claro, boludo, solamente en un barco —se rió mostrándome los dientes—, ¿qué te creías, turro? —y me lanzó una bofetada amistosa en pleno rostro.

3

—¿Cuándo sale tu barco?
—Mañana por la noche. Tres meses rumbo a no sé dónde.
—¿Y qué ocurre si no embarcas? ¿Te buscan?
—No. No pasa nada, aparte de perder el laburo, claro. Supongo que contratan a otra. Una vez, en Lisboa, nos dieron tres días de descanso. Pisar tierra firme después de cuatro meses garchando con tormentas y todo, es como llegar a otro planeta. Andás con cara de pelotuda al menos los primeros días, pero después lo único que querés es emborracharte y llorar. Bueno, en Lisboa, yo llegué más lejos: me casé.
—Carajo.
—Sí. Me casé con un hombre mayor, un farmacéutico que conocí en un restaurante. Fue una linda tarde, che, pero al rato me di cuenta de que el tipo estaba medio loco. Era una gran oportunidad para hacerme comunitaria, e incluso ya tenía pensado traerme a los viejos a vivir a Europa, pero el tipo era realmente un fanático, un alucinado. Así que, al día siguiente, casada y todo, me encaminé hacia el barco, y el comandante (así llamamos a ese cafishio hijo de puta), ya me había reemplazado por otra. El muy trolo me quería dejar en Lisboa y sin un mango. Así que me puse firme y le grité que lo denunciaría a la policía. Se rió un buen rato y después me dio unos sopapos que jamás olvidaré. Pero finalmente no me echó y esa noche zarpamos.

4

Apenas Laura dejó de reírse, miró hacia cualquier parte y dijo que esa noche no quería pasarla en el barco y que prefería dormir en tierra firme o bien deambular por las calles hasta que nos aburriésemos. Era una bonita invitación.
—Si me pagás el hotel —me dijo, levantando las cejas—, podemos llegar a un buen arreglo.
No perdía nada. Después de todo, Laura era una puta y yo estaba perdido.

5

Mi viaje a Buenos Aires se había convertido en un infierno. Me habían pedido un artículo sobre Roberto Arlt y su frustrada vida de inventor, pero a última hora me lo habían devuelto porque había llegado demasiado lejos al comparar la actividad de la lectura con la necrofilia y, más aún, con ciertas prácticas ilegales de los montoneros. A cambio, habían decidido publicar un artículo enciclopédico sobre un tal Joseph Salomon y una semblanza acerca del escritor chileno Nicolás Ferraro, misteriosamente desaparecido en el Desierto de Atacama. A mí me importaba una mierda. La literatura, en cierta forma, con todas sus apariciones y desapariciones, ya me había empezado a dar asco. Había comprado una novela de Filloy y un libro de ensayos sobre Lautréamont y ni siquiera sabía si los leería. La tranquilidad de saber que a cada rato seguía siendo un tipo sin rumbo, o más bien un tipo cuyo rumbo era pasarse la vida en la inutilidad más ausente posible, se había esfumado. Ya estaba en las orillas, y lo peor era que había adquirido conciencia de ello. Laura me seguía dando vueltas en la cabeza. Y el olor a su vagina también, por supuesto. En mi cabeza y en mis dedos. Creo que desde ese primer momento, sentado junto a ella, había advertido algo, pero no quise admitirlo completamente sino hasta cuando todo había pasado: Laura era Hipólita, la Coja que se casa con el farmacéutico Ergueta y que luego de la conspiración fallida, en medio de las llamas que consumen la quinta de Témperley, huye con El Astrólogo hacia no se sabe dónde o hacia algún lugar indeterminado de una nueva novela que Roberto Arlt no llegó nunca escribir o que al menos, vaya uno a saber, nunca publicó. Tal vez por eso la literatura, además de sospechosa (eso lo sabemos), me había empezado a sonar bastante antipática, aunque en el fondo era yo quien se estaba riendo de ella. Pero la imagen de Laura, perdida en cualquier calle oscura de Lisboa, caminando de la mano de un farmacéutico loco, me amordazaba el estómago con la fuerza de un orangután desesperado.
Laura, creo haberlo comprobado, no era frígida como La Coja, ni yo un castrado como El Astrólogo, pero eso no me impidió soñar con los dos en los días subsiguientes. Con nosotros dos y con La Coja y El Astrólogo.
Por ejemplo: Laura y yo paseábamos por un parque. Las cosas tenían una luminosidad inusual y parecían contener en su interior algún mensaje cifrado: el mensaje de la Revolución o el mensaje del Desierto. De pronto, nos deteníamos frente a una llave de agua que cada cierto lapso de tiempo goteaba un líquido rojo muy parecido a la sangre. Ambos nos quedábamos mirando la llave, perplejos. Y Laura me decía: usted es un tipo cínico. Y yo le contestaba: y usted una charlatana. Y Laura me decía: yo nunca he deseado nada, no puedo hacerlo. Y yo le contestaba: qué curioso, a mí me parece que una puta como usted desea la Revolución. Y Laura me decía: pero, ¿sabe?, yo lo deseo a usted, me gustaría mucho serle infiel a mi marido con usted. Entonces yo estiraba mi mano hacia la llave y dejando que en mis dedos cayera un poco de ese líquido rojo parecido a la sangre, le contestaba a Laura: pero yo a usted no la deseo, además no podría hacerlo… soy castrado. Y Laura me decía: qué curioso. Y yo le respondía: sí, muy curioso, muy curioso, y luego la llave dejaba de gotear y ambos nos reíamos ácidamente y entonces yo despertaba. Ella era La Coja, y yo El Astrólogo.

Sin embargo, ya ni Arlt me interesaba. Otras épocas. Que fueran los tiempos de Borges, que fueran los tiempos de Lugones o los tiempos de Marechal o los tiempos de Fogwill, que fueran los tiempos de quién fuera (incluso que fueran los tiempos de Sábato), para mí estaba bien. Como si se pudiera establecer, así como así, una relación entre los tiempos y la literatura. Como si la literatura fuese una cuestión de tiempos, una cuestión que va incrustada en el tiempo y de la cual el tiempo no pudiera desprenderse. Pero lo cierto es que el tiempo sí puede desprenderse de lo que se le venga en gana, más si se trata de unas pocas páginas inmundas cuyo único motor es el aburrimiento. Bueno, también el asombro ante la propia orilla y la pobreza y la ignorancia. Y quizás más de alguna puta como Hipólita o como los maricones de Piglia o como las mujeres de Onetti (la mayoría putas) o como Ulrica (con el perdón de Borges), o como Laura. Y eso es todo, hasta ahí llega la literatura, otra puta seca, al fin y al cabo.
Y así comienzan las películas. Las películas latinoamericanas cuyo motor es también el aburrimiento y la prostitución, y nada más.
Por ejemplo: dos estafadores entran al baño de un hotel. Un tipo joven y el otro un poco más viejo. Están a punto de cerrar un buen negocio, pero han surgido problemas. El tipo más viejo, asumiendo la postura del veterano experimentado, le pregunta al más joven: ¿te acostarías con un tipo, vos? El joven lo mira sorprendido y niega con la cabeza. Entonces el más viejo le pregunta: ¿no te acostarías con un tipo por diez mil dólares? El joven nuevamente niega con la cabeza, pero el estafador más viejo insiste: ¿y por cincuenta mil? El joven, cada vez más seguro de sí mismo y de sus convicciones sexuales, vuelve a negar con la cabeza. El estafador más viejo sonríe y toma un montón de toallitas que simulan ser un enorme fajo de billetes, al tiempo que, muy decidido, afirma: por quinientos mil. El joven, algo contrariado y sorprendido, duda por un segundo y se queda mirando el fajo de toallitas, ante lo cual el estafador más viejo, en cuyos labios la cámara se ha posado agresivamente, se le acerca y le dice al oído: ¿te das cuenta?, putos no faltan, lo que falta son financistas. Y se va.
La escena es muy educativa y muy triste para alguien que extraña a una puta. La vi cuando ya creía haber olvidado a Laura, además de haberme olvidado de mí mismo y de la literatura y de los tiempos de Borges. Putos no faltan. Mi percepción de Laura, mi percepción de la literatura y de las películas, por lo demás, seguía en el terreno de la incertidumbre, y hasta hoy, cuando ya ni siquiera sé dónde estoy, sigue teniendo un hálito difuso y un olor a ropa guardada. Una ropa guardada que siempre estaré condenado a usar y que me perseguirá, inmóvil como la memoria, hasta más allá de todas las orillas.

Martín Cinzano

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