Cheever
Retratos Familiares

“He sufrido todas las formas de melancolía absurda,
he añorado países que nunca he visto, y anhelado
ser lo que no podía ser”
John Cheever
ser lo que no podía ser”
John Cheever
Una vez cumplidos los diecisiete años, John Cheever (Massachussets 1912, Nueva Cork 1982) ya había decidido ser escritor. Por aquella época fue expulsado del colegio y éste fue precisamente el tema de su primer cuento, “Expelled” (“Expulsado”), relato que según Scott Donalson, investigador y biógrafo de Cheever, parece anticipar el tono y la forma de El guardián entre el centeno.
A esa edad, el joven John poco sabía del oficio de narrar la vida propia y la de los demás; poco sabía de amores, odios, anhelos y desengaños. Sin embargo, comenzó a contar historias porque el sólo hecho de hacerlo le resultaba, además de terapéutico, motivo de felicidad y exploración. Más que trabajar con tramas, lo haría con intuiciones, sueños y conceptos. Según él, la estructura de la buena narrativa debía ser rudimentaria, “algo similar a la función que cumple un riñón”.
El paso de la infancia a la adolescencia representó para el introvertido John una revelación dolorosa. Se dio cuenta de la descomposición matrimonial de sus padres y percibió que ni él ni sus hermanos eran atendidos por ellos, y tal vez nunca lo serían. Estas y otras heridas se abrieron para no cerrar jamás. John comenzó a padecer fuertes problemas de identidad. Los libros y la escritura, como en muchos otros casos, suavizaron su desconsuelo.
A esa edad, el joven John poco sabía del oficio de narrar la vida propia y la de los demás; poco sabía de amores, odios, anhelos y desengaños. Sin embargo, comenzó a contar historias porque el sólo hecho de hacerlo le resultaba, además de terapéutico, motivo de felicidad y exploración. Más que trabajar con tramas, lo haría con intuiciones, sueños y conceptos. Según él, la estructura de la buena narrativa debía ser rudimentaria, “algo similar a la función que cumple un riñón”.
El paso de la infancia a la adolescencia representó para el introvertido John una revelación dolorosa. Se dio cuenta de la descomposición matrimonial de sus padres y percibió que ni él ni sus hermanos eran atendidos por ellos, y tal vez nunca lo serían. Estas y otras heridas se abrieron para no cerrar jamás. John comenzó a padecer fuertes problemas de identidad. Los libros y la escritura, como en muchos otros casos, suavizaron su desconsuelo.
Más tarde, convertido ya en un veinteañero e instalado en New York, Malcolm Cowley, quien además de editor fue también cronista, poeta, traductor y profesor, se convertiría en su padre putativo. Su ayuda resultó determinante para que Cheever colaborara en la prestigiosa revista The New Yorker – una verdadera escuela de las letras norteamericanas – compartiendo páginas con un entonces desconocido J. D. Salinger.
En los cuentos escritos en la década del cuarenta (Como viven algunas personas, 1943) Cheever nos habla de la pobreza y desilusión de esa época, en un gris Manhattan como escenario, sus personajes malviven luchando contra el pesado manto de la melancolía, la infidelidad, el alcohol y el pesimismo reinante al descubrir que la salvación de la humanidad no se hallaba en los sistemas políticos imperantes. Sin embargo, Cheever no escatimó simpatías hacia la guerra civil española, conflicto que marcó en términos políticos a la intelectualidad de la época; aunque se negó a firmar cualquier manifiesto que lo comprometiera y jamás se afilió a ninguna organización.
Después de casarse con la escritora Mary Watson, John se incorpora al ejército, y por espacio de cuatro años escribe sobre militares. Por esta época nace Susan, su primera hija. Tiempo después, embargado de felicidad declaró que los días más emocionantes de su vida fueron aquellos en que nacieron sus hijos. Décadas más tarde, la hija mayor recordaría con amargura a su padre, quien en un arranque de honestidad, en una actitud tal vez cruel, le relatara sus aventuras bisexuales ( Susan es hoy escritora de libros de autoayuda: Lo Mejor Posible: Criar hijos maravillosos en tiempos difíciles edit. Emece, 2003).Al sentirse maduro como escritor, Cheever dirigió sus esfuerzos hacia los temas que le darían notoriedad y reconocimiento: el american way of life. Maestro de la sátira, en sus cuentos siempre aparece un personaje que echa a perder las vacaciones de los demás, o que le aconseja a la cocinera afiliarse a un sindicato que le permita conseguir un mejor salario. Y en la zaga Wapshot no se queda atrás: saca a relucir el alcoholismo de su madre, la promiscuidad de su hermana y los turbios negocios de su hermano, y revela los instintos asesinos que existen entre padres, hijos y hermanos al mismo tiempo que se golpetean la espalda en forzadas reuniones familiares.A mediados de los años cincuenta, John Cheever ya era un escritor reconocido por la crítica y apreciado por los lectores, para entonces ya llevaba unas cien “agridulces” historias publicadas en The New Yorker. De manera casi unánime, la crítica norteamericana celebró la aparición de la primera novela de Cheever, Crónica de Los Wapshot (1957), con la cual obtuvo el Nacional Book Award en 1958 (imponiéndose a títulos como Pnin, de V. Nabokov y The Town, de W. Faulkner). En su segunda novela, El Escándalo de Los Wapshot (1964), al igual que en la primera, Cheever vertió toda su agudeza crítica para retratar la decadente historia de una típica familia norteamericana de los cincuenta. Ahí metió el dedo en todas las heridas que inquietaban a los brillantes hombres de negocios y a sus mujeres, las que pasaban todo el día solas en sus casas de las zonas residenciales. Y no deja de sorprender la tristeza que puede convivir con la comodidad material y la estabilidad económica de sus personajes. Cheever estaba interesado en la decepción que se esconde tras las cortinas hechas a medida del new rich de St. Botolphs, lugar donde transcurre la historia, según Cheever, construido a partir de fragmentos de Quincy, Bristol y “la geografía de mi imaginación”. Los lazos que unen a los Cheever con los Wapshot son fuertes e indiscutibles –“cruzando una y otra vez la fina línea que separa a la sagrada familia de la familia maldita” –, y su escritura da cuenta también de su profundo desprecio de lo que para él representaban los males de un país moderno: una sociedad que rotula a sus ciudadanos en losers y winners, embobado con el sistema capitalista y con la bandera de la “guerra fría” como estandarte de lucha. Ahí también esta la cruz de la culpa de ser padre, las ridículas competencias entre hermanos, la sombra de la homosexualidad, los “agujeros negros” del matrimonio, la repulsión a la tecnocracia, el desprecio a los apóstoles de la psicología como ciencia exacta, es más, en la primera pagina de El escándalo de los Wapshot se lee: “Todos los personajes de esta obra son ficticios, como lo es gran parte de la ciencia”.El escritor argentino Rodrigo Fresan en el epílogo de la reedición de ambas novelas, juntas en un solo libro (Crónica de los Wapshot / El escándalo de los Wapshot, edit. Emece, 2004), se refiere en estos términos a la familia cheveriana: “Ambas son antinovelas familiares ya que la familia como ente/personaje se nos presenta desde el vamos en permanente estado de licuación (…). Son libros difíciles de domar a la hora de arrancarles una sinopsis, y una simple enumeración de lo que en ellos ocurre no vasta para revelar su profundo carácter y su auténtica maestría, siempre apoyados en una prosa elegante y, al mismo tiempo, decididamente freak.”Al terminar su segunda novela sobre los Wapshot (que en un comienzo se llamaban Field), Cheever sufrió una profunda depresión que lo llevaría al borde del suicidio. Insatisfecho con su matrimonio y atormentado por su homosexualidad reprimida, el crítico por excelencia de la frivolidad suburbana se había convertido en su mejor personaje. A esas alturas títere y titiritero ya eran la misma persona. De una existencia típicamente convencional pasó a vivir todo tipo de experiencias que lo dejaron igualmente vacío. También creció su afición a emborracharse de sol a sol y en más de una ocasión estuvo a punto de perder la vida. Una vez controlado su alcoholismo, un inesperado cáncer desgastó rápidamente las pocas energías que le quedaban. Entonces, ya sin tantas esperanzas, contempló con menos temor la muerte, pero a pesar de todo, Cheever nunca dejó de escribir y publicar y su obra siguió cosechando admiración y prestigio (obtuvo dos veces el National Book Award, en 1958 y 1981, y el Pulitzer en 1979), teniendo como resultado una obra que examina a fondo las contradicciones de su sociedad y el resultado de ésta en sus personajes; sujetos solitarios y atormentados que dialogan con el espejo, a quien confiesan sus más secretos sueños y deseos, empecinados en una cierta idea de “felicidad”, una terrorífica obsesión de la que nadie puede escaparse.
Su prosa refinada y lacónica le otorgó un sello personal en la escena norteamericana de postguerra, y con el paso del tiempo, su estilo influyó decisivamente en posteriores generaciones de escritores del “naturalismo”, “posrealismo”, “realismo sucio”, como se encarga de rotular la crítica, desde Raymond Carver y Richard Ford hasta la nueva horneada gringa como Lorrie Moore, Rick Moody o Michael Chabon, méritos que le han asegurado un importante lugar en las letras del siglo XX.
En los cuentos escritos en la década del cuarenta (Como viven algunas personas, 1943) Cheever nos habla de la pobreza y desilusión de esa época, en un gris Manhattan como escenario, sus personajes malviven luchando contra el pesado manto de la melancolía, la infidelidad, el alcohol y el pesimismo reinante al descubrir que la salvación de la humanidad no se hallaba en los sistemas políticos imperantes. Sin embargo, Cheever no escatimó simpatías hacia la guerra civil española, conflicto que marcó en términos políticos a la intelectualidad de la época; aunque se negó a firmar cualquier manifiesto que lo comprometiera y jamás se afilió a ninguna organización.
Después de casarse con la escritora Mary Watson, John se incorpora al ejército, y por espacio de cuatro años escribe sobre militares. Por esta época nace Susan, su primera hija. Tiempo después, embargado de felicidad declaró que los días más emocionantes de su vida fueron aquellos en que nacieron sus hijos. Décadas más tarde, la hija mayor recordaría con amargura a su padre, quien en un arranque de honestidad, en una actitud tal vez cruel, le relatara sus aventuras bisexuales ( Susan es hoy escritora de libros de autoayuda: Lo Mejor Posible: Criar hijos maravillosos en tiempos difíciles edit. Emece, 2003).Al sentirse maduro como escritor, Cheever dirigió sus esfuerzos hacia los temas que le darían notoriedad y reconocimiento: el american way of life. Maestro de la sátira, en sus cuentos siempre aparece un personaje que echa a perder las vacaciones de los demás, o que le aconseja a la cocinera afiliarse a un sindicato que le permita conseguir un mejor salario. Y en la zaga Wapshot no se queda atrás: saca a relucir el alcoholismo de su madre, la promiscuidad de su hermana y los turbios negocios de su hermano, y revela los instintos asesinos que existen entre padres, hijos y hermanos al mismo tiempo que se golpetean la espalda en forzadas reuniones familiares.A mediados de los años cincuenta, John Cheever ya era un escritor reconocido por la crítica y apreciado por los lectores, para entonces ya llevaba unas cien “agridulces” historias publicadas en The New Yorker. De manera casi unánime, la crítica norteamericana celebró la aparición de la primera novela de Cheever, Crónica de Los Wapshot (1957), con la cual obtuvo el Nacional Book Award en 1958 (imponiéndose a títulos como Pnin, de V. Nabokov y The Town, de W. Faulkner). En su segunda novela, El Escándalo de Los Wapshot (1964), al igual que en la primera, Cheever vertió toda su agudeza crítica para retratar la decadente historia de una típica familia norteamericana de los cincuenta. Ahí metió el dedo en todas las heridas que inquietaban a los brillantes hombres de negocios y a sus mujeres, las que pasaban todo el día solas en sus casas de las zonas residenciales. Y no deja de sorprender la tristeza que puede convivir con la comodidad material y la estabilidad económica de sus personajes. Cheever estaba interesado en la decepción que se esconde tras las cortinas hechas a medida del new rich de St. Botolphs, lugar donde transcurre la historia, según Cheever, construido a partir de fragmentos de Quincy, Bristol y “la geografía de mi imaginación”. Los lazos que unen a los Cheever con los Wapshot son fuertes e indiscutibles –“cruzando una y otra vez la fina línea que separa a la sagrada familia de la familia maldita” –, y su escritura da cuenta también de su profundo desprecio de lo que para él representaban los males de un país moderno: una sociedad que rotula a sus ciudadanos en losers y winners, embobado con el sistema capitalista y con la bandera de la “guerra fría” como estandarte de lucha. Ahí también esta la cruz de la culpa de ser padre, las ridículas competencias entre hermanos, la sombra de la homosexualidad, los “agujeros negros” del matrimonio, la repulsión a la tecnocracia, el desprecio a los apóstoles de la psicología como ciencia exacta, es más, en la primera pagina de El escándalo de los Wapshot se lee: “Todos los personajes de esta obra son ficticios, como lo es gran parte de la ciencia”.El escritor argentino Rodrigo Fresan en el epílogo de la reedición de ambas novelas, juntas en un solo libro (Crónica de los Wapshot / El escándalo de los Wapshot, edit. Emece, 2004), se refiere en estos términos a la familia cheveriana: “Ambas son antinovelas familiares ya que la familia como ente/personaje se nos presenta desde el vamos en permanente estado de licuación (…). Son libros difíciles de domar a la hora de arrancarles una sinopsis, y una simple enumeración de lo que en ellos ocurre no vasta para revelar su profundo carácter y su auténtica maestría, siempre apoyados en una prosa elegante y, al mismo tiempo, decididamente freak.”Al terminar su segunda novela sobre los Wapshot (que en un comienzo se llamaban Field), Cheever sufrió una profunda depresión que lo llevaría al borde del suicidio. Insatisfecho con su matrimonio y atormentado por su homosexualidad reprimida, el crítico por excelencia de la frivolidad suburbana se había convertido en su mejor personaje. A esas alturas títere y titiritero ya eran la misma persona. De una existencia típicamente convencional pasó a vivir todo tipo de experiencias que lo dejaron igualmente vacío. También creció su afición a emborracharse de sol a sol y en más de una ocasión estuvo a punto de perder la vida. Una vez controlado su alcoholismo, un inesperado cáncer desgastó rápidamente las pocas energías que le quedaban. Entonces, ya sin tantas esperanzas, contempló con menos temor la muerte, pero a pesar de todo, Cheever nunca dejó de escribir y publicar y su obra siguió cosechando admiración y prestigio (obtuvo dos veces el National Book Award, en 1958 y 1981, y el Pulitzer en 1979), teniendo como resultado una obra que examina a fondo las contradicciones de su sociedad y el resultado de ésta en sus personajes; sujetos solitarios y atormentados que dialogan con el espejo, a quien confiesan sus más secretos sueños y deseos, empecinados en una cierta idea de “felicidad”, una terrorífica obsesión de la que nadie puede escaparse.
Su prosa refinada y lacónica le otorgó un sello personal en la escena norteamericana de postguerra, y con el paso del tiempo, su estilo influyó decisivamente en posteriores generaciones de escritores del “naturalismo”, “posrealismo”, “realismo sucio”, como se encarga de rotular la crítica, desde Raymond Carver y Richard Ford hasta la nueva horneada gringa como Lorrie Moore, Rick Moody o Michael Chabon, méritos que le han asegurado un importante lugar en las letras del siglo XX.
Felipe Reyes F.
Textos de Cheever en la red: www.telecable.es/personales/agee/johncheveer/lecturas.html
