Un enemigo de Julio Cortázar
Sumatra de Julio Carrasco

Hace ya casi diez años leí El libro de los tiburones, de Julio Carrasco, aunque quizás sea excesivo decir que lo leí. En realidad le di un vistazo rápido, aprovechando que el autor se empeñaba en venderles ejemplares a los punkies de la mesa vecina. Santiago Barcaza me había dicho que tenía que conocer a Julio Carrasco, de manera que ahí estábamos, en La Chimenea, con Santiago y Julio, que entonces me pareció un tipo exagerado y a la vez tímido, cordial, aunque a veces seco y silencioso. Julio no traía dinero en su morral sino cinco ejemplares de El libro de los tiburones que fue vendiendo con sorprendente rapidez para invitarnos a las sucesivas rondas.
Por entonces la literatura era cosa seria. Habíamos algunos que queríamos ser serios, que procurábamos reírnos seriamente, emborracharnos de verdad; queríamos decir, con urgencia, nuestras pocas líneas, aunque no sabíamos, tampoco, cuáles eran esas líneas. Había otros, en cambio, como Julio, que no posaban de serios, quizás porque ya sabían que, como dice Nicanor Parra, “la verdadera seriedad es cómica”. En aquel primer vistazo alcóholico a El libro de los tiburones no atendí mayormente a algunos poemas que luego, unos años más tarde —cuando ya había pasado el tiempo de la seriedad— me parecieron muy buenos. Hubo uno, sin embargo, que entonces me impresionó mucho y me sigue impresionando. Éste:
Todos dicen amar a Cortázar
todos dicen amar al prójimo
de modo
que está
de moda
amar
dicho sea de paso
a Cortázar
y al prójimo
de modo que
lo importante hoy en día
no es amar a Cortázar
que como todos sabemos
fue un prójimo excelente
sino que
menester más ilustre
es ubicar al enemigo
que se encuentra muy a gusto
dicho sea de paso
entre los amantes de Cortázar
y del prójimo
de modo que
no me pidan amar al prójimo
ufano de su amor por Cortázar
sin antes someterle a un minucioso examen
porque
como dije antes
la tarea actual
es definir
reconocer
delimitar
(y ya hablaremos de acometer y neutralizar)
al enemigo.
Anduve varias semanas con ese poema en la cabeza, quizás porque yo también descreía de los lectores de Cortázar, que no de Cortázar, aunque desde entonces comencé a alejarme también de Cortázar. No fue nada fácil: a la fecha Santiago se me aparecía como una ciudad llena de niñas lindas que se creían la Maga, y de profesores que daban clases al estilo Morelli (y que en el patio de la facultad se comportaban como perfectos oliveiras). Había tantos polvos que comenzaban con el capítulo 7 de Rayuela, que era verdaderamente insostenible postergar a Cortázar; había tantas parejas hablando en gíglico que no era nada fácil hablar en español.
Me quedé, entonces, con la impresión inexacta de que Julio era, básicamente, un enemigo de Cortázar. Carrasco Julio me había regalado su libro, pero para subvencionar un último par de botellas tuvimos que vender el ejemplar que acababa de regalarme. Varios años más tarde, a las 2:10 AM del uno de enero del 2000, me entregó una copia con esta emotiva dedicatoria: “Oye Zambra, este libro es para ti”. Recién entonces volví a leer, o leí por primera vez, poemas como “El tiburón dialéctico”, “En las playas de Singapur”, “Bala perdida” (más conocido como el poema de la sopa), “Consejos gastronómicos a un joven samurái”, “Trece lucas” o “Kafka no perdona”.
El poeta Rodrigo Rojas me sopla que en Sumatra, este segundo libro de Julio, circulan algunas de las inquietudes y fórmulas de los poetas sufíes, que yo no he leído. Por lo pronto, veo que en Sumatra tiene lugar un paseo extraño, que cabría calificar como humorístico, salvo porque frecuentemente da la impresión de que el poeta habla muy en serio. La verdadera seriedad es cómica: esa lección, que a muchos nos costó asimilar, es un presupuesto de El libro de los tiburones y Sumatra. Leo, de Sumatra, un fragmento de “El vacío existencial del homo sapiens”:
En nuestra relación con los objetos inanimados proyectamos nuestra propia condición de seres humanos. Vemos el mundo según lo que somos, y yo soy en este momento el recuerdo ni alegre ni triste de una botella de vodka a medio terminar.
El poeta llega a estas conclusiones después de reseñar la aventura de bailar con la Sandra. En “La garganta del enemigo”, en cambio, a partir de una aventura posiblemente más peligrosa, el poeta no llega a conclusión alguna:
Irracionalmente persuadido de que la suerte estaba en las calles de Sumatra
solía gastar mi tiempo en largos paseos nocturnos
con una cortapluma bajo el poncho
Mil veces sentí venir la estocada al pasar una esquina
y otras tantas apreté el puño derecho haciendo rechinar los dientes
pero sólo di con mi sombra multiplicada por los faroles del lugar
En ocasiones me pregunto si no habré caído en alguna de esas avenidas
si no estoy desangrándome ya mismo bajo las estrellas
y lo que ha sido mi vida posterior no es acaso una historia que imagino
en los últimos instantes, desde el suelo, en Sumatra
Como siempre, hago entonces brillar la cortapluma
por si pudiera dar casualmente en un último intento
con la garganta del enemigo.
El buen hombre que pasea por Sumatra con una cortapluma escondida bajo el poncho, aparece, en otros poemas, como un humilde seguidor de Alá o Enlil o Krishna o Átomo de Hidrógeno, o como un samurái que insiste en una extravagante filosofía de vida; es, también, un relator de anécdotas, de historias intrascendentes que para él —y sólo para él— constituyen verdaderas iluminaciones. Los poemas de Julio comunican una cierta familiaridad, pero también se resisten, son reacios a las interpretaciones. Lo que se reitera, como imagen, en este libro, es un fracaso, el fracaso del fraseo: con frecuencia el poeta comienza convencido de que ha de mantener un tono solemne, pero el poema se cae, y Carrasco Julio termina olvidando, incluso, por qué ha tomado la palabra. Es alguien que escribe un poema y en el camino se arrepiente de estar escribiéndolo, pero sigue, pues justamente de eso, de tomar ese riesgo, se trata.
Hay, por cierto, una trama de personajes y lugares, que, me temo, sólo está clara en la insondable cabeza del autor, pero cuyos fogonazos en la lectura provocan una ilusión narrativa, una ilusión, incluso, de pensamiento. Una ilusión que se deshace, por supuesto. La tragedia de perder una botella de vodka parece, de pronto, justamente eso, una verdadera tragedia. Una botella más quizás hubiera permitido sostener la borrachera, despertar, quizás, aún más tarde, con otro poema en la cabeza, o con ninguno.
¿Y qué hay del enemigo? ¿Quién es el enemigo? ¿El infame Al Fawir? ¿La infame D. P. que arrojó el orgullo de Ahmed Hassán a la ribera del Ganges? ¿Julio Cortázar? ¿Sofía, que se cree la Maga, o el lector, que busca, como Morelli, una respuesta?
No sabe, no responde.
Sumatra es un sentido discurso sobre amores incompletos, botellas vacías y estrategias de guerra. La lectura de Sumatra es un vicio necesario, un placer: Julio Carrasco consigue una poesía inimitable, fresca y amarga, cómica, cínica y sentimental.
Me permito, entonces, proponerles la siguiente estrategia: No lean a Julio Cortázar. Lean a Julio Carrasco.
Julio Carrasco.
Ediciones Tácitas. Colección La Troya. Santiago. 2005.
66 páginas.
