Que el poema baje del Olimpo
Tres preguntas al poeta Roa Vial

Armando Roa Vial es poeta, traductor y editor de poesía inglesa.
1. En el prólogo a Cien poemas chinos, Kenneth Rexroth, a modo de confesión dice: “Desde la adolescencia he tenido a mi lado la obra de Tu Fu y a lo largo de los años he llegado a conocer estos poemas mejor que la mayoría de los míos”. ¿Compartes esta situación como traductor?
Comparto plenamente esa situación. La traducción, para mí, es ante todo una conversación gozosa y un ejercicio de admiración como lector. Digamos, un homenaje a la lectura como dimensión fundamental de la propia escritura. Muchas veces ambas dimensiones son indiscernibles y se retroalimentan en una convergencia recíproca.
2. Es indiscutible que tus trabajos – Cántico del Sol. Pound; La señal de todas las cosas. Rexroth y This be the verse… – han contribuido al acercamiento de la poesía en habla inglesa a nuestro país. ¿Crees que se vive una apertura mucho más honesta al reconocer ciertas influencias, y con ello estar comenzando a compartir fuera del celo de los becarios, los elegidos o traductores de escritorio y ventana abierta; todo lo que hasta hace algunos años hubiera sonado como imposible, considerando las ediciones nacionales, con que sea han difundido autores de escasa o nula circulación?
No sé si se vive de manera honesta esa apertura. Generalizar es siempre peligroso. Hay esfuerzos interesantes de algunos autores y, también, de revistas y editoriales pequeñas, autogestionadas, que trabajan por el rescate de escritores olvidados o desconocidos y por el diálogo desinteresado y enriquecedor entre diferentes tradiciones literarias. Sin embargo, parecen todavía navegar a contracorriente. Por otro lado, la figura del escritor no ha quedado inmune a un modelo ideológico de un individualismo brutal y autorreferente. En ese sentido, el ejercicio de la traducción ayuda a marcar un contrapunto necesario: reconocer la literatura como un trabajo mancomunado, acumulativo, de muchos autores. Así el poema y el poeta se repliegan de las cronologías con desplazamientos que permiten una lectura a expensas de lo que se ha denominado “el yo poético”, cuya dudosa autarquía termina por ceder; somos, en definitiva, una sumatoria de voces, “un hospedaje de conciencias” que se imbrican unas a otras. La briosa defensa de la personalidad como territorio excluyente, fue una invención tardía, de la modernidad renacentista. Por eso, frente a la tan manida “angustia de las influencias”, es más sano, creo yo, reconocer el carácter proteico de la creación: se es al mismo tiempo todos y nadie. O como dice José Emilio Pacheco en su defensa del anonimato: “Si le gustaron mis versos/ que más da que sean míos/ de otros / de nadie./ En realidad los poemas que leyó son de usted: / Usted, su autor, que los inventa al leerlos.”
3. Cuando rescatas a Rexroth o reseñas a Berryman, estás señalando, de algún modo, lo urgente que serían sus lecturas en el Chile actual. ¿En qué sentido esa dimensión poética del hombre a la deriva, en desasosiego y hasta escéptico de sí mismo, estaría instalando una nueva posibilidad también para nuestra poesía?
Ellos son parte de una tradición de la sospecha en las posibilidades del lenguaje. La ecuación entre palabra y realidad no es inocente. Quizá la poesía, nuestra poesía, se ha vuelto muy segura de sí misma. Parra decía que “los poetas debían bajar del Olimpo”. Tal vez ahora sea el turno del poema: que el poema baje del Olimpo.
